Cualia.es

El gran teatro del mundo

Con sugestiva regularidad, gentes del espectáculo van transitando al mundo de la política. Hace años lo hizo Ronald Reagan, antiguo actor de Hollywood. De él dijo su colega Bette Davis: “Yo siempre pensé que Estados Unidos era un país donde podía pasar cualquier cosa, hasta que Ronald Reagan fuese su presidente.”

Enseguida apareció el Papa Wojtyla. En su juventud había sido igualmente actor, guerrillero resistente ante los nazis y desengañado amoroso. Del arte escénico conservó la apostura y la imagen. Basta verlo celebrar una misa cantada en San Pedro del Vaticano para ratificarlo. Desde luego, Herbert von Karajan dirigiendo a Mozart a sus espaldas asegura la función.

La deriva se abarata con Beppe Grillo, un actor cómico. Del western y el drama pasamos al sainete o, más propiamente, al bufo napolitano. Para probarlo, la colosal bufonería de coaligarse con Matteo Salvini lo cual, en España, equivaldría a una alianza entre Vox y Podemos.

Sin duda, el batacazo lo dio Donald Trump, un animador de magazines televisivos. Su habla plebeya, macarreta y caricatural se une a una fotogenia impecable de gestos, ademanes y tics. Poco importa lo chirriante y caótico de su gestión. Lo importante es no fallar en ninguna foto.

La última adquisición ha sido el ucraniano Zelemki, un actor asimismo cómico en una país con una recortada pero igualmente mortífera guerra civil. No tiene experiencia política, no se le conoce especialidad ninguna salvo la apuntada, sus referencias son ilegibles. Tal vez ame a Putin o lo odie, tanto da.

Este desfile histriónico no es mera apariencia. Si, por precepto, un actor es alguien que aparenta ser otro de quien es, es decir que presta su cuerpo, voz incluida, a un personaje ficticio, entonces hay una zona de la política contemporánea que ingresa en el terreno de las artes visuales. Más aún: si tenemos en cuenta nuestro mundo como un enjambre de televisores y móviles, nos situamos en un terreno de las artes visuales de lo fugitivo y lo amnésico. La sociedad líquida del maestro Baumann.

Tal vez haya algo más. Un comediante no es un engañador. Sus personificaciones son verdaderas en tanto coincidan consigo mismas. Si están mal hechas, el comediante deja caer su máscara. Por las fisuras de la careta le vemos la cara. Lo que importa es que el público no se vaya de la sala o apague el aparato en cuestión. Lo demás es lo de menos. De todos modos, siempre flota la sospecha: ¿por qué esa afición al disfraz? ¿Hay algo que ocultar o, por el contrario, no hay nada que ocultar porque el comediante no es nadie o, menor  dicho, es todo un Don Nadie?

Cabe un colofón en forma de consejo. No nos olvidemos del precursor Jesús Gil y sus procaces, sinceramente procaces espectáculos televisados.

Copyright del artículo © Blas Matamoro. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")