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«El erizo y el zorro», de Isaiah Berlin

Hasta último momento, el viejo y laborioso Isaiah Berlin siguió encarnizándose con sus obsesiones: intentar conciliar el entendimiento y la historia, y hacer historia de las ideas, quizá la única realmente factible, ya que no hay historia de los hechos tal como Berlin los plantea en sus momentos de extremado empirismo. Los artículos recogidos al final en El sentido de la realidad. Sobre las ideas y su historia y el antiguo y sabroso ensayo sobre Tolstoi (El erizo y el zorro) así lo prueban.

La historia, eso indefinible pero enumerable como «un desplazamiento de sombras, indeterminado e insustancial, descriptible sólo en términos aproximativos»… «Una masa oscura de factores cuya tendencia general percibimos pero cuyas interrelaciones precisas no podemos formular», ¿por qué atraía tanto a Berlin, a pesar de lo desazonante que resulta para el trabajador del saber? La respuesta más elocuente se puede extraer de una querencia romántica de Berlin: porque la historia es un saber que se produce, es decir un arte. La historia tiene un atractivo estético y no casualmente él dedica un considerable estudio al problema de lo histórico abordado no por un científico sino por un narrador: Tolstoi.

Comprensión y saber, no conocimiento y ciencia. La historia no sólo se parece al arte de narrar, sino también a la política, que es una habilidad que no se puede pensar en términos generales, aunque las ciencias y sus generalizaciones pueden auxiliarla.

Artistas y políticos demuestran sus talentos poniendo en juego su capacidad de improvisar (no prever, que eso lo hacen los científicos). Les importa sobre todo el azar, ya que, si obedece a leyes, son secretas, como quiere Borges. Más ampliamente, la respuesta de Berlin se inscribe en una clásica crisis de la episteme occidental: la derogación de la verdad y la validez, a fines del siglo XVIII, tal como las había formulado la Ilustración. No hay verdad objetiva ni validez subjetiva; por lo mismo, no hay conocimiento, sino saber, artístico saber del artesano que aprende haciendo: verum factum est. Lo que llevó a esta crisis fue su costado moral: el conocimiento no conduce al bien ni a la dicha. En consecuencia, hay que buscarlos en otra parte.

La sustitución romántica fue la inmanencia, la persecución de los valores en la intimidad del sujeto. Los resultados intelectuales y estéticos fueron opulentos. Los políticos, siniestros, porque desembocan en el nacionalismo (curiosamente derivado del ilustrado Kant, como señala Berlin) es decir en la guerra del nosotros contra el mundo.

Y en ésa estamos, porque Berlin ve, a fines del siglo-milenio, que el nacionalismo sigue siendo el fenómeno contemporáneo más importante.

Tolstoi, romántico tardío, buscó la perdida verdad en la historia, porque en ella los hombres viven y realizan sus verdades y el conjunto de estas verdades vivas ha de ser la Verdad. En esto era un erizo, confiaba en una sola cosa decisiva. Pero se extravió en la multiplicidad de individuos y cosas que hay en la historia, en la imposibilidad de desenmarañar la textura de las causas y de sus causas y las causas de estas concausas, así como de conservar todos los hechos del pasado, tarea imposible no sólo de facto sino de principio: para enumerar todo lo que sabemos y creemos nos hacen falta unas palabras y éstas residen, precisamente, en lo que sabemos y creemos, de modo que la infinita espiral está servida, como para Funes el memorioso y Daneri mirando por el Aleph: el lenguaje y el mundo no son correlativos.

Tolstoi era una zorra que se creía un erizo, porque todas las zorras, hartas de marearse en la historia, buscan el ahistórico reposo de la verdad que es única y definitiva, absoluta y universal, por definición. En su vejez, en 1908, el novelista apostillaba: «La historia sería excelente si fuera verdad». Angustiado, acabó deambulando como Edipo, que se arrancó los ojos cuando conoció su verdad y advirtió que apestaba a la ciudad que había salvado. Pero ¿qué es la historia para Tolstoi? No la narración del historiador, sino la del novelista, que toma datos contrastados y los usa o los falsea a sabiendas (unos cuantos historiadores apalearon a Tolstoi por sus mendacidades en Guerra y Paz).

Es decir: la verdad no está en los hechos sino en su cuento por parte del artista. El hombre se sabe determinado y esto es lo único que Tolstoi puede averiguar, porque la determinación de su determinismo es abstracta, ya que su contenido es inaccesible. Por eso, la historia es la verdad vivida pero también una verdad enigmática. Generalmente, un evento guerrero y, por excepción, la paz en la que los hombres se recogen en su interior y se armonizan con las cosas, aceptándolas como son, sometiéndose a la vida sin interrogarla, lo cual es una manera «natural» de considerarla buena. O haciendo como que ignoran las determinaciones, y creyéndose libres. Los hombres son lo que son y las cosas, también.

¿Qué son los hombres y las cosas? En sus momentos de duro empirismo, Berlin se complace en exaltar su carácter particular y único, su identidad dada por el ser.

Pero no puede menos de advertir que de lo único no hay saber, que saber es establecer analogías, comparar. Tampoco podemos afirmar que los hombres son lo que son sin admitir un principio de inmenso alcance ahistórico, la comprobación de la constancia esencial humana en el tiempo, que es lo que Berlin dice abominar. Tal vez, la tentación romántica de Berlin lo conduzca cerca del viejo aforismo: el arte es real porque insiste y vuelve, la vida es irreal porque pasa y desaparece.

Cuando Berlin sostiene que no hay leyes en la historia porque no puede haberlas, se apoya en el hecho: las leyes no se aplican a los hombres y las cosas reales, sino a entes idealizados. ¿No hay bastante idealización al señalar un hombre real o una cosa real? ¿No se supone una teoría del hombre, la cosa y lo real? ¿O es que Berlin cree que tenemos acceso directo e inmediato a la realidad, sobre todo al emplear la palabra? Poniendo sus cuentas en claro, Berlin acabó retratándose como un filósofo que se producía en una obra de arte: la escritura de la historia.

Filósofo, porque no se ocupó de cosas empíricas, es decir que se pueden resolver empíricamente, sino del cuento de nunca acabar cuyo tema es el torcido fuste de la humanidad, su sociabilidad insociable, su insanable imperfección. Y más: la perplejidad que nos hace preguntarnos por qué no somos derechos y perfectos. La formulación de estas preguntas y su preparación intelectual son las tareas recurrentes de la filosofía, esa agonía mental cuya única panacea es el dogma: un sistema de respuestas que acomoda las preguntas correlativas. O, si se prefiere: la verdad de la historia, necesariamente exterior a la historia. Somos históricos porque estamos inexorablemente ligados al tiempo presente y no podemos sacrificarlo ni a la gloria intocable del pasado ni a la fantasía del deseo satisfecho en el futuro. Somos históricos porque no podemos conciliar ni dejar de conciliar, lo que es y lo que debería ser.

Somos zorras perdidas en la trama de la historia y quisiéramos ser erizos, cortar la trama y acceder a la cegadora luz de la verdad que la ilumine por el denso revés. Y hasta allí nos acompaña Berlin.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cualia con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")