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El asesinato de Thomas Becket

Enrique II Plantagenet (1133-1189) fue el creador del Imperio angevino, en el que se unían los dominios de la corona inglesa que había recibido de su padre con los de su esposa, Leonor de Aquitania. Una de las medidas que llevó a cabo fue la de volver a poner en vigor el escutage, un impuesto que sustituía al servicio de armas, derivado de la obligación del auxilium que tenía el vasallo para con su señor, y que recuerda a nuestro servicio de lanzas.

También realizó una reforma judicial, instaurando el sistema de juicios con jurado, con lo que se abolía la ordalía, difundida por Inglaterra tras la conquista normanda. La ordalía o juicio de Dios fue una práctica muy extendida en Europa occidental durante la Alta Edad Media, regalito de los pueblos bárbaros que habían invadido el Imperio Romano. Había una gran variedad, pero dos de las más populares eran las del agua hirviendo y la del hierro candente.

Para la primera, se llenaba un caldero de agua y se ponía a hervir con unas piedrecitas dentro. Se cogía al acusado, por ejemplo, de haber robado una gallina, y se le obligaba a buscar las piedrecitas sumergiendo el brazo en el agua hirviendo. Después se le vendaba el brazo (brazo que no vamos a describir por si alguno de Ustedes está ingiriendo alimentos) y se esperaba tres, cuatro días o una semana. Si el brazo había sanado es porque Dios manifestaba de esta forma la inocencia del acusado. Si por el contrario el reo tenía el brazo como la madre de Ben-Hur cuando estaba en la leprosería, o se había muerto de una sepsis, era la prueba de su culpabilidad, pues así lo había querido Dios.

Lo del hierro candente era parecido, solo que en este caso, el acusado de robo/adulterio/sodomía/blasfemia/asesinato o del delito que fuere, tenía que asir una barra de hierro candente durante un tiempo determinado y Dios, que sabía si era o no inocente, ya se encargaría de hacérselo saber a los jueces… encantador. En cuanto a la afirmación del poder real, esta se llevó a cabo contra los barones y contra los privilegios de la Iglesia.

Thomas Becket (1119-1170) era Lord Canciller y amigo del rey. En el siglo XII, en Inglaterra, como en el resto de Europa, las vocaciones religiosas no eran muy sinceras que digamos y estaban más bien motivadas por otros intereses. Esto se traducía en que muchos de los miembros del clero se aprovechaban de sus hábitos para robar, asesinar, violar y todo lo que se puedan imaginar. Por un lado, los tribunales eclesiásticos eran mucho más benévolos que la justicia ordinaria, y por otro lado, sustraían muchos casos a los tribunales reales.

En 1164 Enrique II había hecho aprobar las Constituciones de Clarendon, que otorgaban amplias facultades al monarca para que este pudiera controlar la Iglesia ya que por ejemplo, se establecía el castigo secular al clero que delinquiera y la prohibición de las apelaciones de los tribunales eclesiásticos ingleses a Roma, sin el consentimiento del rey.

Thomas Becket, que había sido nombrado arzobispo de Canterbury en 1162 sufrió una crisis religiosa que le llevó al ascetismo. En cuanto el muchacho renunció a los placeres mundanos y comenzó a infringirse castigos corporales, se convirtió en acérrimo defensor de los derechos de la Iglesia frente al poder regio, enfrentándose por tanto a su otrora amigo Enrique II. Ante la intransigencia de Becket, que se negaba a cumplir las Constituciones de Clarendon, el rey ordenó abrir una investigación sobre los business que su amigo Thomas hubiera tenido mientras era Lord Canciller, acusando finalmente a Becket de malversación ante una asamblea de nobles y confiscando sus bienes. El arzobispo de Canterbury respondió decretando la excomunión de los que obedecieran los fallos de los tribunales laicos y huyó a Francia a continuación, donde permaneció cinco años que aprovechó para escribir al papa y a todo el que se le ocurrió, poniendo a Enrique como hoja de perejil.

Como el enfrentamiento no tenía visos de solución, Enrique II siguió con sus asuntos y decidió nombrar heredero a su hijo Enrique el Joven, en una entrañable ceremonia en la catedral de Canterbury oficiada por el arzobispo de York. Cuando Thomas se entera, se presenta en Inglaterra hecho una furia, suspende a los prelados que habían tomado parte de la coronación del joven Enrique, y comienza a repartir excomuniones a diestra y siniestra, además de lanzar todo tipo de acusaciones contra el rey.

A Enrique II se le hincharon sus reales nose y decidió acabar con el problema de raíz, esto es, ordenando que Becket fuera asesinado, lo que ocurrió el 29 de noviembre de 1170 en la catedral de Canterbury.

Algunos defienden que en realidad no mandó directamente que fuera asesinado sino que simplemente, cuatro nobles se dieron por aludidos cuando exclamó aquello de: “¿Cómo es posible que entre todos los vagos y traidores a los que he cargado de riquezas, ninguno sea capaz de evitar que un clérigo de baja cuna se burle de mí?”.

Thomas Becket se convirtió en santo de la Iglesia Católica. Enrique II fue una figura de enorme importancia por las reformas judiciales que impuso, ya que no solo con él triunfó definitivamente el jurado, sino que nacieron los «juristas itinerantes», perfilándose en aquellos años la figura del «justiciero», que entre otras funciones, presidía el Exchequer y el Tribunal Real.

Los últimos años de su reinado estuvieron marcados por los enfrentamientos entre sus hijos, en especial con Ricardo.

Ricardito se apoyaba en Felipe II Augusto de Francia quien, además de que no quería un dominio tan vasto en manos de un monarca inglés, mantenía con Corazón de León un tórrido romance según algunos historiadores. Que los muchachos fueran o no fueran amantes es algo muy difícil de demostrar, si bien contamos con algunos indicios como la crónica de su coetáneo Roger de Hoveden, que escribió sobre ellos: “comían del mismo plato y ni el lecho los separaba, pues se tenían un gran amor». Que vamos, lo mismo no estaban liados y simplemente tenían frío, que no se imaginan ustedes la rasca que hacía en esos castillos.

También se suele recordar el hecho de que a su mujer Berenguela de Navarra le hizo caso omiso, aunque tampoco sabemos cómo era la muchacha. En resumen, que lo más probable es que Ricardo Corazón de León fuera bisexual, o como diría Lawrence Olivier en Espartaco, le gustaban las ostras y los caracoles.

Sea como fuere, a pesar de su fama, su reinado no tuvo trascendencia política y su principal hazaña fue la conquista de Chipre a los bizantinos. Ante la falta de descendencia nombró a la mala bestia de su hermano, Juan Sin Tierra, su heredero.

La magnifica película Becket, dirigida en 1964 por Peter Glenville, e interpretada magistralmente por Peter O’Toole (Enrique II) y Richard Burton (Thomas Becket), narra el asesinato de Becket.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.