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Ecologistas, ecólogos y profesionales del apocalipsis

Han pasado los años y apenas recuerdo aquellos tiempos en los que la defensa de la naturaleza no dependía de consignas políticas. Para eso, tendría que remontarme a mi niñez, en los setenta, y desempolvar figuras totémicas como Rodríguez de la Fuente. Ahora es distinto, claro. Sin embargo, por aquel entonces, Félix nos teletransportaba al corazón del bosque sin un peaje ideológico. En cambio, hoy nos aprietan un botón, y dependiendo de nuestro carnet político, decidimos si el conservacionismo es algo benéfico o algo que convendría ignorar.

La política identitaria ha caído a plomo sobre nuestras vidas. ¿Eres de izquierdas? Entonces te preocupa el medio ambiente, odias la caza, defiendes los impuestos verdes y votas por una ganadería sin jaulas (End the Cage Age). Por supuesto, también crees que hay que ponerlo todo patas arriba para mitigar el cambio climático.

¿Eres de derechas? En ese caso, desconfías de cualquier noticia sobre el clima, insistes en que China emite más gases contaminantes que todos los países desarrollados juntos, miras por encima del hombro a los veganos e insistes en que la industrialización es algo sagrado.

Cuánto me gustaría creer que esto es solo una caricatura. Sin embargo, es lo que hay. ¿Acaba ahí la cosa? Pueden estar seguros de que no. Como dijo Jung, “pensar es difícil. Por eso la mayoría de la gente prefiere juzgar”.

En días como hoy, cuesta separar la paja del grano, y uno se pregunta cómo salir de este panorama bipolar. Sin embargo, con total naturalidad, la izquierda se ha ido apropiando del ecologismo. Y su contrafigura imaginaria es una derecha a la que visualiza con óptima resolución de imagen: taurina y cazadora, carnívora y adicta al humo de los motores diésel.

De igual forma, desde el punto de vista de liberales y derechistas, el ecologismo forma parte del circo mediático de la llamada «justicia social». Ya saben: asociaciones más o menos subvencionadas, integradas por profesionales de la protesta y del ya mencionado identitarismo (esa actitud existencial que hoy nos divide entre buenos y malos, víctimas y explotadores).

Parece lógico pensar que es lo natural, dado que el conservacionismo es propio de los progresistas. Vamos, que bien podemos decir que una cosa equivale a la otra. ¿O acaso el ecologismo no es una rama de la izquierda? Pues verán: resulta que no. Aunque suene contraintuitivo, el pasado de esa corriente también fluye desde otras direcciones. El de la apropiación ideológica, como iremos viendo, no es un fenómeno nuevo.

La historiadora Anna Bramwell lo aclara en su libro Ecology in the 20th Century. A History. Menciona Bramwell antecedentes muy incómodos. Sin ir más lejos, el ecologismo nazi, que los secuaces de Hitler construyeron sobre la base del orgullo étnico y de un elemental panteísmo germánico.

Y ojo, porque en el caso de Inglaterra, los primeros conservacionistas fueron, en buena medida, burgueses y hacendados, nostálgicos de un mundo preindustrial.

Bramwell también destaca el auge progresivo de dos ciencias, la ecología (la biología de los ecosistemas, ideada en 1869​ por el naturalista Ernst Haeckel) y la etología (del griego ethos, costumbre, que estudia el comportamiento de los animales en su ambiente natural). Estas dos ramas de la biología generaron una deriva interesante, y es que, en palabras de Bramwell, «el uso y conservación de los recursos adquiere una dimensión moral y otra económica; y esa moralidad está ligada a la supervivencia de la comunidad».

Imagen superior: Félix Rodríguez de la Fuente.

¿Un ecologismo conservador?

El filósofo conservador Roger Scruton alude a esto último en Filosofía verde (2011). Por un lado, invoca a los románticos ingleses, panteístas a su manera (William Wordsworth, William Morris y John Ruskin). Por otro, vincula ese pensamiento con la figura de John Muir, el gran naturalista estadounidense que en 1892 fundó el primer grupo ambientalista, el Sierra Club. Se suman a este grupo fundacional dos personalidades del trascendentalismo americano, Henry David Thoreau y Ralph Waldo Emerson. No es casual, por cierto, que ambos caminasen por la misma senda que luego transitó el ocultista y filósofo austriaco Rudolf Steiner.

Si hay un colectivo que resuma esos valores, sin duda es la Sociedad para la Protección de Edificaciones Antiguas (The Society for the Protection of Ancient Buildings), fundada por William Morris en 1877. Esta sociedad ‒»conservadora» en el más amplio sentido de la expresión‒ se definía por la añoranza de una Inglaterra previctoriana, luego idealizada por escritores como Tolkien.

Consciente de las piruetas que hemos dado para convertir la defensa del medio ambiente en un rasgo exclusivo de la izquierda, Scruton trata de ubicarla entre los valores conservadores. Así, defiende la gestión a pequeña escala del mundo natural, interpretándolo como un patrimonio que pasa de generación en generación.

Asimismo, argumenta las razones por las que el libre mercado, cuando opera de un modo razonable, suele conducir a mejoras medioambientales (Es evidente que Scruton tiene en la memoria los desastres ecológicos causados en el siglo XX por las dictaduras comunistas).

En este sentido, la filosofía de Edmund Burke le resulta útil a la hora de abordar la naturaleza como ese legado que heredamos, y también como un ámbito en el que (atención) resuena lo sublime. Sin duda, nuestro amor al hogar, en su sentido humano y geográfico más amplio (resumido por Scruton en un solo concepto: la oikofilia), adquiere todo su significado en este punto.

Las nuevas tecnologías que desarrollan los empresarios son más importantes para este filósofo que ese bombardeo de noticias apocalípticas que nos deja en manos de los políticos oportunistas. Y esto es así por una sencilla razón: a la hora de alcanzar una verdadera eficiencia energética son imprescindibles, frente a la planificación centralizada, el concurso del sector privado y el trabajo de las pequeñas comunidades.

«¿Es posible una defensa de la naturaleza que no sea socialista, estatalista, izquierdista? ‒escribe el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz‒ Esta duda solo nos atribulará si hemos olvidado las enseñanzas que nos proporcionó hace 31 años la caída del Muro de Berlín; y, de entre esas enseñanzas, las más difíciles de arrinconar, pues sus dolorosos efectos aún nos afligen. En efecto, los desastres ecológicos con que asolaron la Tierra las economías más estatalizadas (la URSS y sus aliados ayer, China o Corea del Norte hoy) superan todo lo siquiera vislumbrado en Occidente. El mar de Aral, el río Techa, el lago Karachai, el incendio forestal del Dragón Negro, Geamana, el río Fen… son solo los hitos principales de una luenga lista de catástrofes socialistas, de las que seguramente la más famosa sea Chernóbil. (…) ¿Significa esto que el otro gran modelo socioeconómico del siglo XX, el libre mercado, haya sido perfecto en su gestión del medioambiente? Sería absurdo pretender tal cosa; y justo por eso nos hace falta un movimiento ecologista, sí, pero uno que haya aprendido de las experiencias sovietizantes que dar más y más poder a burocracias centralizadas está lejos de ser una solución». («Por un ecologismo de derechas», The Objective, 16/07/2020).

A la hora de la verdad, el optimismo que uno siente al leer a Scruton choca con una dura realidad, y es que, como dije al principio, el conservacionismo es hoy un territorio simbólico dividido en dos.

Esta guerra de consignas e intereses ha sido bien reflejada por otro conservador, el Marqués de Tamarón. Denunciando la ola de incendios que sufrió España a comienzos de los noventa, escribió lo siguiente: «Lo que de verdad falta para sofocar la pira que está devorando lo mejor de España es voluntad política. La derecha española no es conservadora (ya se sabe, son conservaduros) y a ella le da igual conservar la naturaleza o no; la burguesía está dispuesta a edificar sus llamados chalés en terrenos recalificados tras un incendio forestal. La izquierda española ha mamado un falso ecologismo con poca marcha por el monte y mucha marcha contra la OTAN. Yo veo pocas esperanzas de remedio» («¿Por qué arde España?», Diario 16, 05/09/1991).

«Una de las falacias más repetidas ‒añade Tamarón en otro artículo‒ es que los españoles son indiferentes ante la Naturaleza. Sorprende esta afirmación reiterada y gratuita ‒auténtica falacia patética, que diría Ruskin‒ cuando todo a nuestro alrededor indica que en su mayoría los españoles no sólo no son indiferentes ante la Naturaleza, sino que con notable eficacia la detestan. Esa antipatía se manifiesta a veces de forma canallesca, quemando el monte o envenenando animales. En otras ocasiones el estilo es tan sólo achulado, y se desparrama basura en parajes de singular belleza, estridencias de discoteca y moto en el corazón del silencio, pintadas procaces o mitineras en las rocas. Es una manera de decir, con desplante de imbécil, «por aquí he pasado yo, que no soy menos que ese roble tan viejo o esa águila que salió huyendo». Pero las más de las veces el odio rezuma por omisión más que por acción. (…) El ejemplo perfecto de la mezcla de resentimiento y estupidez demagógica fue aquella brillante coletilla al lema de la vieja campaña contra los fuegos forestales: «Cuando arde un bosque, algo suyo se quema, señor conde». Añadiendo esas dos palabras, el gracioso ‒creo recordar que en La Codorniz‒ convertía el incendio en un acto progresista, puesto que fastidiaba a la oligarquía. Y además heroico, ya que en aquel entonces la Guardia Civil aún era o podía ser severa» («Otra falacia patética», ABC, 25/05/2006).

Imagen superior: Marcha contra Monsanto. Vancouver, Canadá, 2013 (Rosalee Yagihara, CC).

«Ecología es a ecologismo como sociología es a socialismo»

La denuncia de Tamarón, centrada en problemas que fueron más acuciantes hace un par de décadas, no incide en grandes gestos políticos, sino en nuestra propia actitud frente a un patrimonio valioso y frágil. Es lo que tiene la sustitución de la responsabilidad individual por las consignas colectivas.

¿Ignorancia? ¿Dejadez? Puede ser. Pocos españoles saben que el nuestro es el país europeo con más biodiversidad. También es una tierra con una larga tradición agraria y ganadera. No sólo eso: en el terreno científico, nos hemos beneficiado con la presencia de titanes del naturalismo como José Antonio Valverde y Francisco Bernis. La Sociedad Española de Ornitología, fundada por ambos en 1954, y el impulso mediático alcanzado por un joven Rodríguez de la Fuente, fueron claves para que, por ejemplo, se promulgara la Orden del Ministerio de Agricultura de 16 de julio de 1966, que implantaba la protección legal de todas las aves rapaces, nocturnas y diurnas.

Esa ley no es el único hito que demuestra en qué medida España ha sido pionera en este ámbito. Pienso, por ejemplo, en el oceanógrafo Ramón Margalef, una figura crucial para entender la ecología como ciencia.

En 1967, Margalef se hizo cargo de la cátedra de Ecología de la Universidad de Barcelona. En 1983, cuando ya era un profesor venerable, le plantearon una pregunta que quizá también se estén planteando algunos de ustedes: ¿cuál es la diferencia entre ecología y ecologismo?

La duda no es pequeña, sobre todo si pensamos que hoy sigue habiendo personas cultas que usan ambos términos como sinónimos, confundiendo una rama de la ciencia con otra de la política.

El ingenioso Margalef respondió lo siguiente: «Siempre digo que lo más simple es hacer una regla de tres: ecología es a ecologismo como sociología es a socialismo».

Nadie le puede negar su parte de razón: «Los ecologistas ‒decía en esa entrevista‒ se preocupan con frecuencia de problemas excesivamente específicos y coyunturales, y son incapaces de ver la problemática de la ecología en su conjunto. Naturalmente, uno se ve obligado a discrepar, en ocasiones, con planteamientos de este tipo. (…) Los ecologistas arman unos zipizapes enormes por la instalación de centrales nucleares, pero que yo sepa no han hablado ni del aceite de colza, ni de la feroz erosión continuada que sufre nuestro país, ni de tantas otras cosas. Una actitud racional debe ser más equilibrada y capaz de contemplar el problema en su conjunto».

Para Margalef,  la ecología es «una parte de la ciencia que casi se puede hacer con lápiz y papel y, por tanto, es susceptible de ser cultivada en cualquier parte; en cualquier parte, naturalmente, donde sople el espíritu, y en este sentido los Gobiernos no pueden hacer prácticamente nada. En otro nivel está la ecología, que yo llamo en broma, pero no de manera totalmente inexacta, de ‘pala y escoba’. Es la ecología que cuida de los problemas limitados y puntuales, y en este sentido sí que pueden intervenir los Gobiernos. (…) Por ejemplo, construir depuradoras es correcto, pero hay que vigilar constantemente su funcionamiento y estudiar el conjunto de las depuradoras en la situación general de la cuenca donde se instalan. Otro problema típico que a veces he mencionado es el de las centrales nucleares. La discusión sobre su instalación o no pasa por niveles políticos, tecnológicos, etcétera, pero una vez tomada la decisión de su montaje, debe intervenir la ecología para estudiar dónde es mejor ponerlas y dónde no ponerlas. Otro ejemplo lo constituyen los problemas de organización del territorio. El territorio conviene organizarlo, porque siempre es preferible un cierto orden al caos».

Por cierto, sorprende, en unos tiempos en los que todas las instituciones y colectivos naturalistas piden más inversión, leer lo que Margalef decía a propósito del gasto público. Atentos a este veredicto, porque hoy tiene consecuencias perturbadoras: «La cuestión ‒explica Margalef‒ no es solamente más dinero. La mayor parte de los centros de investigación españoles está en condiciones de absorber unos presupuestos cinco veces superiores sin que ello suponga una mejora apreciable en su producción científica». (M. A. Almodovar, El País, 05/11/1983).

El ecologismo cool

Otro científico equiparable a Margalef, Fernando González Bernáldez, ocupó en 1970 la cátedra de Ecología de la Universidad de Sevilla, la segunda en España. Durante la Transición, González Bernáldez fue tentado por el activismo. De hecho, participó en un encuentro fundamental para entender lo que ahora es este movimiento en nuestro país: el Congreso de Valsaín.

Tras la fundación en 1975 de la Asociación de Estudio y Defensa de la Naturaleza (AEPDEN), el ecologismo español se había robustecido bastante. En junio de 1977, alrededor de treinta grupos se reunieron en la localidad segoviana de La Granja, en el bosque de Valsaín. Esa reunión ‒ya legendaria para el conservacionismo local‒ dio lugar a la constitución de la Federación del Movimiento Ecologista en octubre del mismo año.

En 1978 se aprobó el Manifiesto de Daimiel y nació la Coordinadora para la Defensa de las Aves (CODA) ‒en la que yo mismo, un chaval sin mucho fundamento, llegué a estar inscrito‒. Un año después, en 1979, se puso en marcha la Federación de Amigos de la Tierra de los Pueblos de España (FAT). De ahí en adelante, ya quedó claro qué narrativa iba a imponerse: el activismo antinuclear, el antimilitarismo, la defensa a ultranza de los espacios protegidos, una simpatía más o menos evidente por los nacionalismos catalán, vasco y gallego, y una clarísima identificación con ideologías que adelantaban por la izquierda a personajes como Félix.

De hecho, bastantes cachorros del ecologismo patrio veían al «amigo de los animales» como un personaje sospechosamente moderado, o peor, como un simple figurón televisivo que hacía trampas para obtener imágenes sensacionales.

Con el tiempo, esa desconfianza hacia Rodríguez de la Fuente me ha ido pareciendo cada vez más injusta. Algún activista de aquella época ha dicho que aquella antipatía fue un impulso freudiano ‒»matar al padre», lo llaman‒. En realidad, también fue una maniobra sectaria. Solo hay que comprobar qué políticos apoyaron a Félix y qué banderas enarbolaban los ecologistas del momento.

En los setenta y los ochenta, entre todos encumbramos a otra organización, Greenpeace, fundada en 1971. La imagen de sus activistas interrumpiendo la maniobra de los barcos balleneros era tan icónica y emocionante que casi parecía diseñada por una empresa publicitaria. Era algo realmente espectacular, y por eso los periodistas, sensibles a la novedad, cambiaron de tercio. En lo sucesivo, en lugar de preguntar a los científicos acerca de cualquier fenómeno o problema ambiental, optaron por regalar el micrófono a esos rebeldes que hablaban con entusiasmo y sin tecnicismos.

El ecologismo ‒¡por fin!‒ se había convertido en tendencia. En la cultura popular ‒escribe Thomas Frank‒ «el legado de la revolución consumista de los sesenta es innegable. Actualmente, hay pocas cosas más queridas para los medios de comunicación que la figura del rebelde cultural, el individualista insolente que se resiste a los mandatos de la civilización de las máquinas. (…) El rebelde se ha convertido en el cliché supremo de los entretenimientos más populares, el símbolo más importante del sistema que se supone que está subvirtiendo. En publicidad es el líder supremo».

La apelación constante a las emociones y a causas inequívocamente justas también potenciaron un ecologismo acientífico ‒o mejor dicho, sesgado a la hora de negociar sus referencias‒, que se adentró en el pantanoso territorio de la Nueva Era.

Ahí tenemos, sin ir más lejos, a Teddy Goldsmith, fundador del partido People (el origen del Partido Verde en Inglaterra). Este buen señor alternó proyectos ambientalistas muy serios con una sensibilidad que fue contagiándose al resto de sus correligionarios. Gracias a personajes como él, la defensa de una economía de estado, los derechos de los animales, el indigenismo, la medicina alternativa y otras seudociencias, el ecofeminismo, la despenalización de las drogas, las creencias neopaganas (sobre todo, el celtismo y el chamanismo) o el desprecio a la tecnología moderna pasaron a integrarse en un discurso cada vez más embarullado.

En realidad, este nuevo relato ecologista cumplía con lo que Terry Eagleton nos dice a propósito de otras ficciones humanas: «Lo que convierte esas obras en ficticias ‒escribe‒ es que esa información no se ofrece por su propio valor, como en un tratado médico o de cualquier otro tipo. Se utiliza para contribuir a ofrecer un punto de vista determinado. Las obras de ficción, por consiguiente, pueden modificar la información real para cumplir ese propósito. Por decirlo de alguna manera, se parecen más a los discursos de los políticos que a una previsión meteorológica. Cuando falsifican fragmentos de realidad, asumimos que lo hacen por motivos artísticos».

Tentados por la Nueva Era

Créanme, había que ser un soso o un insensible para no alinearse en las filas de la Nueva Era. Aquel bazar tenía de todo: hasta espiritualidad y terapias orientales. Algo de ello debió de pensar el científico James Lovelock cuando ideó en 1969 la Hipótesis Gaia (Recuerden: «La biosfera es una entidad autorregulada con capacidad para mantener la salud de nuestro planeta mediante el control del entorno químico y físico»).

Para los nuevos panteístas de pañuelo palestino y pancarta, la Hipótesis Gaia se convirtió en una intuición religiosa. «Quizá los cristianos ‒escribió el propio Lovelock‒ necesitamos un nuevo Sermón de la Montaña que siente las bases para vivir en armonía con la Tierra y explique las reglas para conseguirlo. Deseo vivamente que las religiones y los humanistas seculares puedan recuperar el concepto de Gaia y reconozcan que los derechos y necesidades humanas no son lo único que importa; los que tengan fe deberán asumir que la Tierra forma parte de la creación divina y enfadarse con quienes la profanan».

En el fondo, sin saberlo, esa resignificación del movimiento ecologista cerraba un círculo. Después de volverse nítidamente izquierdista, el ecologismo volvía a vibrar con emociones que ya sintieron los románticos del XIX.

Es una lástima que no cayéramos en la cuenta de que el cristianismo había recorrido antes (y creo que de mejor manera) ese mismo camino. Jaime Tatay ha estudiado esta contribución católica al debate en torno a la sostenibilidad, que parte de la encíclica Rerum novarum, promulgada por el papa León XIII en 1891, y culmina en la Laudato si’, firmada por el papa Francisco en 2015.

Nos recuerda Tatay una figura imprescindible para definir un ecologismo cristiano, San Francisco de Asís. En su caso, «la llamada a respetar y custodiar los dones de Dios se despliega por medio del servicio amoroso en tres direcciones: en el cuidado de uno mismo, del prójimo y de la creación. Pero la custodia de la creación no debe entenderse ‒de forma negativa‒ como protección frente a una amenaza ni debe caer en la tentación del pesimismo o del catastrofismo que a menudo ha permeado el discurso ecologista; al contrario, debe estar impregnada por la caridad, la esperanza y la fe en la promesa de un Dios que dejó sus huellas en su propia creación».

En cierto modo, aquí quedan esbozadas las líneas de un conservacionismo que puede asumir cualquier conservador. La tradición católica, escribe Tatay, «no sólo renuncia a la visión de una arcadia originaria y a una regresión cultural que rechace todo desarrollo tecnológico ‒una vuelta a la ‘época de las cavernas’ (…)‒; sino que, constatando la inevitabilidad e irreversibilidad de muchas de las transformaciones de origen antrópico desencadenadas en la biosfera, asigna un rol central al ser humano (…) ‒reconociendo la autoridad que emana de su condición de imago Dei (…) y considera el conjunto de la creación como un único ‘bien común cósmico'».

En todo caso, no nos engañemos. Pese a esfuerzos como el de Roger Scruton, ese ecologismo conservador está hoy completamente al margen del imaginario de la derecha y del liberalismo. Incluso el propio Lovelock se ha dado cuenta de que formar parte del programa electoral de la izquierda ha sido contraproducente a largo plazo. «La comunidad verde ‒dice‒ debería haber sido reticente a formar grupos de presión y partidos políticos, pues ambas instituciones deben dedicarse a la gente y sus problemas y, como los megáfonos, amplifican las voces demagógicas de sus líderes».

En la era de Twitter, las cosas han ido a peor. El animalismo, desde el vivero del marxismo cultural, se impone como otro instrumento de censura de la corrección política. Esa misma demagogia, con un estímulo calvinista, también nutre los modernos debates en torno a la agricultura, la energía o el cambio climático, envenenados con todo tipo de falacias y prejuicios.

Llegados a este punto, reconozco que un conservacionista que no es de izquierdas lo tiene muy difícil. Para empezar, el campo de juego se abre entre «activistas» y «negacionistas», como si el principal objeto de disputa ‒la estrategia energética frente a un clima cambiante‒ fuera un artículo de fe. Y empeorando el panorama, uno se encuentra con portavoces de ambas posturas que optan por maximalismos ridículos. Una de dos: o el cambio climático es una conspiración de la oligarquía mundial, o bien se trata de un apocalipsis que anuncia ‒vaya por Dios‒ la muerte del capitalismo.

Imagen superior: James Lovelock (Autor: Bruno Comby, Association of Environmentalists For Nuclear Energy, CC).

Científicos y activistas

Cualquier persona sensata estará de acuerdo en que el mundo debe encaminarse hacia la descarbonización de la red de suministro eléctrico. La estrategia ha de ser inteligente, progresiva, sensata y muy variada, respondiendo a las necesidades y opciones de cada país. Pero no se pierdan la paradoja que esto genera.

Durante los últimos años, los medios han hablado incansablemente de la energía geotérmica y las tecnologías solar y eólica. En apariencia, estas últimas han sido defendidas a capa y espada por el movimiento ecologista… hasta que el asunto se ha complicado ‒miren ustedes por dónde‒ con sonoras protestas ante la instalación de nuevos aerogeneradores.

¿Qué fuente energética defiende, por tanto, la corriente dominante en el ecologismo actual? Pues en realidad, el asunto no está tan claro como parece. Digamos que la idea del decrecimiento ‒en boga desde hace más de una década‒ implica regresar a un estilo de vida rural, anticonsumista, con una exigua intervención tecnológica y un mínimo gasto energético (es decir, usando paneles solares y poco más).

Lamentablemente, esa propuesta, quizá válida para una pequeña comunidad del primer mundo, resulta indefendible cuando hablamos del progreso de la humanidad en su conjunto.

En fin, salta a la vista: volver a la Tierra Media y ser hobbits en la Comarca es algo tentador, pero de momento, inviable (Escribo esto sin ironía. ¿A quién no le gusta saquear el cajón de sastre de las utopías?).

Por otro lado, «es obvio ‒escribe el físico y divulgador Manuel Toharia‒ que nos enfrentamos a problemas ambientales integrados en los problemas de solidaridad mundial que van más allá del tema atmosférico y climático. Pero ni siquiera los defensores del medio ambiente quieren ver el asunto desde este prisma sin duda complejo y global. Y prefieren fijarse monotemáticamente en el calentamiento del clima como única espada de Damocles sobre un mundo inerme ante la maldad de las grandes corporaciones multinacionales. Pura demagogia ecologista, claro».

Buena parte de quienes analizan esta cuestión, acaban encontrando ventajas a la energía nuclear. Ya ven que nos encontramos aquí con una bestia negra, presente en el ecologismo desde los años sesenta. Sin embargo, razonando a contracorriente, hay veteranos conservacionistas que no ignoran al elefante en la habitación. Uno de ellos es Tim Flannery, un respetado zoólogo y paleontólogo, autor de importantes obras sobre la sostenibilidad y jefe de la Comisión del Clima del Gobierno Australiano.

«Es probable ‒escribe Flannery‒ que China y la India prosigan la alternativa nuclear con determinación, pues no disponen en la actualidad de ninguna alternativa barata a gran escala. (…) En el mundo desarrollado, sin embargo, cualquier expansión importante de la energía nuclear dependerá de la viabilidad de reactores nuevos y más seguros».

¿Quién emprendió esta rehabilitación de la energía nuclear desde el punto de vista del naturalismo? Ahí es nada: el padre de la hipótesis Gaia, el mismísimo James Lovelock.

El bueno de Lovelock, según nos cuenta Flannery, «dejó boquiabiertas a las organizaciones ecologistas del mundo entero al pronunciar una sentida súplica a favor de la expansión masiva de los programas de energía nuclear en el mundo como un método para combatir el cambio climático. Lovelock comparó nuestra situación actual con la que atravesaba el mundo en 1938, cuando estaba al borde de la guerra y nadie sabía qué hacer. Organizaciones como Greenpeace y Amigos de la Tierra rechazaron su llamamiento de inmediato. Pero Lovelock no va mal encaminado, pues todas las redes de suministro eléctrico necesitan un flujo de electricidad constante y fiable, y sigue estando en entredicho la capacidad de las energías renovables de proporcionarlo».

La energía nuclear y otros tabúes

Lo cierto es que aún sentimos en Europa ‒y sobre todo, en España‒ las consecuencias de un cisma que se produjo en el seno del movimiento conservacionista a mediados de los sesenta. Por aquel entonces, el Sierra Club, la organización ambiental fundada por John Muir en 1892 ‒y modelo, por su antigüedad, de buena parte del ecologismo internacional‒ se declaró pronuclear. Así, como lo oyen.

En 1966, Will Siri, presidente de esta sociedad, manifestó que las centrales nucleares eran el mejor modo de obtener energía, y a la vez, preservar los ecosistemas a la hora de ir eliminando los combustibles fósiles. Aunque la junta del Sierra Club estuvo de acuerdo con Siri, su alegato escandalizó a otra figura importante del Club: el director ejecutivo David Brower.

Se crearon entonces dos facciones irreconciliables, o por decirlo al estilo de los politólogos actuales: dos familias ideológicas. Aunque parezca un asunto menor, esa quiebra del Sierra Club fue crucial en la evolución del conservacionismo durante la Guerra Fría.

Abanderando a la minoría que respaldó su postura, Brower fundó una nueva entidad, Amigos de la Tierra, cuyas dos ideas-fuerza fueron, por este orden, la lucha contra la energía nuclear y la denuncia de la superpoblación mundial.

En esto último, Brower se sintió apoyado por los estudios prospectivos del malthusiano Paul R. Ehrlich y de su mujer Anne: The Population Bomb (1968), The Population Explosion (1990; editado en España con el título La explosión demográfica. El principal problema ecológico) y Healing the Planet: Strategies for Resolving the Environmental Crisis (1991).

Aunque los estudios de Ehrlich están llenos de conclusiones de brocha gorda, su pesimismo prendió en los medios de comunicación, y sobre todo, en la cultura pop. A ello hay que sumar su descripción de un probable apocalipsis atómico, tema de otro libro que Ehrlich escribió en 1984 junto a Carl Sagan, Donald Kennedy y Walter Orr Roberts: El frío y las tinieblas. El mundo después de una guerra nuclear.

En el ámbito mediático, David Brower apostaba por un caballo ganador. Lo que poca gente sabe es que uno de sus principales mecenas a la hora de crear Amigos de la Tierra fue el magnate petrolero Robert O. Anderson, director ejecutivo de Atlantic Richfield, más tarde integrada en British Petroleum. Como ya se imaginan, Brower era un peón idóneo para oponerse a la competencia de los reactores nucleares.

Sigamos esta pista, porque nos conduce a una conclusión reveladora. En Inglaterra, uno de los impulsores de Amigos de la Tierra fue Amory Lovins. Coincidiendo con la crisis del petróleo de 1973, Lovins publicó el libro World Energy Strategies (1973), y poco después, Non-Nuclear Futures: The Case for an Ethical Energy Strategy (1975), Soft Energy Paths: Toward a Durable Peace (1977) y el artículo «Energy Strategy: The Road Not Taken?» (Foreign Affairs, 1976). Ese currículo editorial bastó para convertirlo en una celebridad.

Elogiado por la prensa como un gurú de la política energética, el jovencísimo Lovins pasó a definir parte de la agenda ecologista. Para ello, contó con el respaldo de una poderosísima campaña de relaciones públicas. Tanto Ehrlich como él eran, además, muy útiles para los objetivos del Club de Roma, que en 1972 había publicado su informe Los límites al crecimiento.

La participación de Robert O. Anderson en el surgimiento de Amigos de la Tierra ha sido vista, años después, como una maniobra del lobby del gas y el petróleo frente a la competencia nuclear. Lo cierto es que la presión de distintas organizaciones ‒la Union of Concerned Scientists, el Environmental Defense Fund (EDF), e incluso el propio Sierra Club, seducido finalmente por las tesis de Brower‒ condujo a una expansión en el uso de gas natural y a la desregulación de los mercados de la electricidad.

El principal portavoz del llamado «ecomodernismo», Michael Shellenberger, autor de Apocalypse Never: Why Environmental Alarmism Hurts Us All y presidente de Environmental Progress, ha investigado esta interesante jugada. No es para menos: otra organización de peso, el NRDC (Natural Resources Defense Council), según documenta Shellenberger, también «abogó por la desregulación e incluso ayudó al gigante del gas natural Enron a distribuir cientos de miles de dólares a grupos ambientalistas. (…) De 2009 a 2011, abogados y cabilderos del EDF y el NRDC ayudaron a redactar una legislación climática increíblemente compleja (…) Hoy, el EDF trabaja con las compañías multinacionales de petróleo y gas más grandes del mundo para exigir cambios en las regulaciones, de manera que beneficien a las empresas altamente capitalizadas y socaven a los competidores más pequeños y menos capitalizados. (…) Hoy en día, el Sierra Club, el EDF y el NRDC reciben en conjunto más de 500 millones de dólares cada año de donantes que incluyen a inversores multimillonarios en los sectores del carbón, el gas natural y las energías renovables, como Tom Steyer y Michael Bloomberg. El Sierra Club y el EDF han recibido un mínimo de 136 y 60 millones de dólares, respectivamente, de inversionistas en petróleo, gas y energías renovables, y actualmente están trabajando junto con el Instituto Americano del Petróleo para destruir plantas nucleares en California, Nueva York, Ohio y Pensilvania. (…) Los defensores de las energías renovables saben que si California y Alemania hubieran invertido 680.000 millones de dólares en nuevas plantas de energía nuclear, en lugar de renovables y las actualizaciones de la red que requieren, estarían generando el 100% de su electricidad a partir de energía limpia y sin emisiones».

Soy consciente de que la mención de un autor tan polémico como Shellenberger produce urticaria en determinados sectores. Pero no nos desviemos de lo substancial: este raro matrimonio entre el sector de los combustibles fósiles y los ecologistas también se produjo en Europa. He aquí otro caso interesante: frente a la opinión pública, el accidente de la central de Fukushima, en 2011, dio la razón a los movimientos antinucleares. Sin embargo, en Alemania, el cierre de las centrales desveló una paradoja. Desde esa misma fecha, la compañía Greenpeace Energy, fundada por la popular ONG, empezó a comercializar productos como ProWindGas, que llevan implícita una defensa de la energía limpia y renovable. Pero lo que era publicitado como un «eco-gas», no era otra cosa que gas fósil, de origen ruso.

El escándalo tuvo escaso recorrido en los medios. Bastó con que Greenpeace hiciera una promesa que venía a ser un brindis al sol: reemplazar todo el gas fósil de su compañía para 2027.

Si pensamos en la actitud de la prensa, ese emotivismo bipolar que impregna cualquier debate impide reflexiones serias y a largo plazo. Como ven, los pecados de cierto ecologismo se ignoran, al tiempo que se impone al público una visión moralista y cargada de fatalidad.

En esta línea, el activismo contrario a la energía nuclear no suele caer en la cuenta de que, a veces, el remedio puede ser peor que la enfermedad. Al final, como ya dije, los grupos ecologistas acaban oponiéndose a casi cualquier alternativa tecnológica. Pensemos, por ejemplo, en proyectos como SCoPEx (Stratospheric Controlled Perturbation Experiment / Experimento de Perturbación de la Estratosfera Controlada), un plan de la Universidad de Harvard, patrocinado por Bill Gates, ideado para atenuar la radiación solar y disminuir la temperatura del planeta.

En 2021, este experimento fue interrumpido en dos fases: primero por representantes del pueblo sami y acto seguido por la Sociedad Sueca para la Conservación de la Naturaleza. Al parecer, toda solución disruptiva debe prohibirse. Conviene que lo vayamos asimilando.

El apocalipsis como estado mental

Manuel Toharia recoge en su libro El clima una entrevista con Bjørn Lomborg, profesor de Estadística en la Universidad de Aarhus y ex militante de Greenpeace. Famoso por su ensayo El ecologista escéptico (1998), Lomborg explica las razones que le llevaron a escribirlo: «En cuanto al cambio climático, no hay duda de que existe un calentamiento de la Tierra inducido por el hombre. Pero las proyecciones futuras presentan escenarios exagerados. No se ha tenido en cuenta que surgirán tecnologías cada vez más limpias y que se tomarán medidas políticas que, a buen seguro, contribuirán a reducir el problema. (…) Pertenecer a estas asociaciones ecologistas se parece más a un estado mental que a una opción consciente. En parte, defender los postulados ecologistas es una obligación moral si perteneces a un determinado grupo de gente: comprometido, más bien de izquierdas, joven. Lo que he querido demostrar es que el debate sobre el medio ambiente se realice sobre bases científicas y no sea una especie de opción ideológica apriorística».

Los datos reunidos por Lomborg, basados en estudios multidisciplinares, han sido ignorados por un sector del espectro ideológico y por casi todo el movimiento ecologista, aún dominado por determinadas figuras. Quizá la más influyente a nivel mediático sea la canadiense Naomi Klein, autora de Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima (2014) y de artículos igual de incendiarios, que ahora podemos leer en la antología En llamas. Un (enardecido) argumento a favor del Green New Deal.

Klein le encantan las afirmaciones mitineras. Sin ir más lejos, esta: «Ante el cambio climático hay que reorganizar la economía como se hizo ante el fascismo». O esta otra: «El cambio climático es la contranarrativa más poderosa que tenemos frente al capitalismo».

El enfoque de Klein se basa en la previsión climática más apocalíptica. Dentro de las distintas trayectorias de concentración de gases de efecto invernadero (RCP) que plantea el IPCC, ella da por segura la peor de todas (RCP 8.5), pese a que los científicos la consideran altamente improbable.

El discurso de Klein, por otro lado, va en la línea de las «Ocho predicciones para el mundo en 2030» que publicó en 2016 Ceri Parker, directora asociada y editora comisionada de la Agenda del Foro Económico Mundial. Una de ellas resulta más significativa que las demás: «Todos los productos se habrán convertido en servicios». Dicho de otro modo, la propiedad privada dejará de ser algo importante.

«La frase me parece reveladora ‒señala el filósofo Miguel Ángel Quintana Paz‒. Nos recuerda aquella otra del anarquista Pierre-Joseph Proudhon, ‘la propiedad es un robo’. Es todo un signo de nuestro tiempo que quienes vengan a resolver ese ‘robo’ que es poseer cosas no sean ya los rebeldes anarquistas de antaño, con argumentos sociales, sino nuestro establishment, armado de argumentos ecologistas. Poseer coche, calefacción, aire acondicionado, electricidad, incluso piso propio, es perjudicial para el planeta, es arrebatarle su naturaleza prístina. Así que sé bueno y deja de poseer. Por cierto, todo esto recuerda otra frase menos famosa de Proudhon: ‘la propiedad es imposible’. Sin duda, nuestras élites están empeñadas en que así sea. Para nosotros, claro, no tanto para ellas, ni para sus mucho más contaminantes mansiones, helicópteros, jets o giras mundiales» (El Economista, 14/06/2021).

Contraria a cualquier propuesta de austeridad ‒como si la deuda pública no existiera‒ y convencida de que las multinacionales son una entidad maléfica, Klein apuesta por un futuro inmediato en el que solo emplearemos energía solar y eólica.

El truco de este argumento es que la periodista canadiense se basa en un estudio de Mark Jacobson y Mark Delucchi más propio de la ciencia ficción (y pese a ello, muy celebrado por la prensa internacional): «Providing all global energy with wind, water, and solar power» (Energy Policy, nº 39, 2011).

Ni que decir tiene que la elección sesgada de fuentes ya es un clásico en este tipo de discusiones. Ocurre cuando se debate sobre transgénicos y empieza a ocurrir al hablar en contra de la ganadería y el consumo de carne.

Me dirán ustedes que ante planes internacionales a gran escala (reducir las emisiones de CO2, desmantelar la ganadería, modificar de golpe el sistema energético…) no debería existir la incertidumbre. Pues me temo que sí la hay. Sobre todo, cuando se calcula un coste prohibitivo y se tiene una prisa que muchos científicos no recomiendan.

Pienso en todo ello tras leer a otro respetado gurú del ambientalismo, William Nordhaus, premio Nobel de Econonía en 2018 «por haber integrado el cambio climático en el análisis macroeconómico a largo plazo».

Mucho más prudente e informado que Klein, Nordhaus reconoce que la magnitud del aumento de las temperaturas es un asunto sobre el que conviene pensar con determinación, aunque con sensatez.

En esto le doy toda la razón. Porque, a ver, ¿qué sucede si destrozamos la economía con un proyecto equivocado? ¿De verdad estamos seguros al cien por cien del futuro que nos espera? ¿Realmente es tan malo como dicen?

«¿Y qué ocurre si comparamos las estimaciones de futuro con las mediciones que analizan el pasado? ‒se pregunta‒ Lo que nos dicen los estudiosos en la materia es que las temperaturas globales han subido 0,8 centígrados en el último siglo. Por tanto, siguiendo este patrón, la temperatura subiría otro grado más en las cuatro próximas décadas, aunque es justo señalar que este tipo de análisis genera más desacuerdo entre los científicos, de modo que hay quienes anticipan un crecimiento mayor y también hay voces que apuntan a un aumento menor. (…) Quienes no son expertos en estas cuestiones suelen preguntarse por qué no es posible resolver estas incertidumbres. No es algo ligado únicamente a la ciencia climática. En mi rama de especialización se suele bromear diciendo que, si preguntas por un mismo tema a cinco economistas, obtendrás seis respuestas distintas… Por otro lado, también hay que reconocer que los modelos climáticos están lejos de ser homogéneos y arrojan respuestas distintas a lo largo del tiempo».

Sin salir del relato dominante, Norhdaus refleja sus dudas en otro punto: «Muchos estudios científicos sobre el calentamiento global presentan escenarios tecnológicos muy detallados. No comparto este enfoque, sobre todo porque no podemos afirmar con certeza que el mañana será así».

Los porqués del alarmismo

Al final, los principales expertos en la materia ‒que no son los políticos, ni mucho menos los periodistas‒ insisten en un detalle fundamental en esta y en cualquier otra estrategia humana: la relación coste-beneficio.

La cultura de la cancelación ya ha hecho su trabajo, acallando a quienes plantean objeciones. En el mundo anglosajón, el chivo expiatorio fue el botánico y activista medioambiental David Bellamy. Muy famoso gracias a sus apariciones televisivas, Bellamy se hizo popular por su aire campechano y su aspecto de rudo boxeador. Aunque en los ochenta no mostró dudas ante el efecto invernadero, en 2004 y 2005 escribió artículos en el que rechazaba el peso humano en el calentamiento global. Lo cierto es que uno de esos textos se fundamentaba en una estadística errónea ‒falsa, por decirlo con más crudeza‒, pero el fondo de la cuestión no era otro que su disidencia.

En respuesta, la organización que presidía, The Royal Society of Wildlife Trusts, emitió un comunicado de rechazo, previo a la sustitución de Bellamy por Aubrey Manning. No está tan claro, pero parece que la BBC también vio oportuno que el naturalista dejase de aparecer en sus programas. ¿Casualidad o castigo? Ya es tarde para demostrarlo, porque Bellamy murió en 2019.

No es esta la primera vez, ni será la última, que un debate científico se politiza. Lo llamativo del caso es que, a estas alturas, ningún científico niega el cambio climático. Es una certeza unánime, y además, ya sabemos que es algo que sucede desde la noche de los tiempos. Tampoco es un problema calcular, con distintos modelos matemáticos, la incidencia mayor o menor de los efectos antropogénicos. En todo caso, lo que aún está por discutir con calma y seriedad es qué estrategias energéticas hay que tomar en consideración y cuánto costaría implementarlas.

De momento, lo que nos ofrece como respuesta el establishment es una sobrecarga emocional, una carísima performance política y una ecoansiedad juvenil alentada por la prensa. Eso por no hablar de la continua campaña globalista, que enturbia aún más el panorama.

Cuando entrevisté al biogeógrafo Miguel Bastos Araújo, uno de los mayores expertos internacionales en el estudio de los efectos del cambio climático en la biodiversidad, quise conocer su postura acerca de ese catastrofismo con el que los medios enfocan la cuestión.

Su respuesta fue de una prudencia ejemplar: «Los titulares catastrofistas sobre el declive de la biodiversidad y sobre el cambio climático generan emociones de forma inmediata. Pero a la larga, si abusas de ellos, te inmunizas, y acabas aceptando el desastre como algo normal. La vida sigue, y entonces ese tipo de información deja de afectarte. Supongo que, en la narrativa del periodismo más sensacionalista, una buena historia siempre incluye un cierto grado de ficción. Pero eso es algo muy negativo cuando se habla de un tema tan serio como este. Dejando aparte lo necesario que es el rigor, fragilizas el mensaje. Además, ese tipo de titulares tan exagerados e impactantes son luego empleados por la contrainformación, que siempre busca el punto débil del adversario. Yo prefiero la pedagogía y el mensaje transformador. Debemos llegar a una audiencia muy diversa, y eso requiere sutileza y seriedad. El cambio climático es un proceso que se verifica a lo largo del tiempo, desde hace millones de años. Cada variación en las condiciones ambientales hace que las manifestaciones de la vida también varíen de diversas maneras, propiciando, por ejemplo, la extinción de unas especies o la aparición de otras nuevas».

Por desgracia, el clima político y periodístico es tan asfixiante que nadie se sorprendió del escándalo causado por un artículo que publicó el Wall Street Journal en 2012, «No Need to Panic About Global Warming». Firmado por dieciséis científicos, el texto fue considerado «retrógrado», «desfasado» y «ofensivo» en otros medios.

Pese a lo encendido de esas críticas, el grupo de firmantes era muy sólido y bastante heterogéneo. Incluía a figuras como William Kininmonth, antiguo director del Centro Nacional del Clima en el Instituto Australiano de Meteorología, Richard Lindzen, un físico conocido por sus estudios sobre la atmósfera, profesor de Meteorología en el MIT y autor de uno de los capítulos del Tercer Informe del IPCC, Burt Rutan, ingeniero aeronáutico, diseñador del Voyager y de la aeronave suborbital SpaceShipOne, y Antonio Zichichi, físico nuclear y antiguo presidente de la Federación Mundial de Científicos.

Conociendo sus puntos débiles, los críticos lanzaron sus dardos contra otro de los firmantes, el siempre polémico Claude Allègre, ministro de Educación en Francia con el gobierno socialista de Lionel Jospin, y antiguo director Instituto de Física del Globo de París.

Pero ¿qué decía en realidad ese artículo? ¿Por qué despertó tanta indignación? A mi modo de ver, no fue por el hecho de que los dieciséis autores concedieran una escasa importancia al papel humano en el cambio climático. Su verdadero pecado fue denunciar una caza de brujas inaceptable en el ámbito científico.

En una sociedad marcada por la corrección política, hay cosas que no deben decirse, y estoy seguro de que esta fue una de ellas: «Muchos científicos jóvenes comentan en privado que, si bien también tienen serias dudas sobre el mensaje del calentamiento global, temen hablar por temor a no ser promovidos, o algo peor. Tienen buenas razones para preocuparse. En 2003, Chris de Freitas, editor de la revista Climate Research, se atrevió a publicar un artículo revisado por pares con la conclusión políticamente incorrecta (pero objetivamente correcta) de que el calentamiento reciente no es inusual en el contexto de los cambios climáticos de los últimos mil años. El establishment montó una campaña rápida y decidida para que el Dr. de Freitas fuera destituido de su trabajo editorial y despedido de su puesto universitario. Por fortuna, pudo mantener su trabajo en la universidad. Pero esta no es la forma en que se supone que funciona la ciencia».

Tras recordar, de forma algo exagerada, la época en la que Trofim Lysenko desencadenó la sangrienta persecución de los genetistas soviéticos, los autores se preguntan por qué el calentamiento global se ha convertido en una cuestión intocable. A modo de ejemplo, citan al premio Nobel Ivar Giaever, que renunció a su puesto en la Sociedad Estadounidense de Física cuando comprobó que este era un tema «incontrovertible» en dicha institución, a pesar de que la ciencia, históricamente, siempre ha cuestionado sus propios dogmas.

Para entender esa imposición ‒escriben Kininmonth y compañía‒ «hay varias razones, pero un buen punto de partida es la vieja pregunta ¿cui bono? O su versión actualizada: Sigue el dinero. El alarmismo climático beneficia a muchas personas, ya que proporciona fondos gubernamentales para la investigación académica. También es una razón para el crecimiento de las burocracias gubernamentales. Además, el alarmismo ofrece una excusa para que los gobiernos aumenten los impuestos y los subsidios financiados por los contribuyentes para las empresas que entienden cómo funciona el sistema político. Asimismo, es un atractivo para grandes donaciones a fundaciones benéficas que prometen salvar el planeta«.

Yo añadiría otro gremio al que beneficia ese alarmismo: la prensa, especialmente la televisión y los medios digitales, dos puntos clave en lo que hoy se denomina economía de la atención.

La próxima glaciación y otras predicciones fallidas

No hay nada que hipnotice mejor al público que el catastrofismo y el pesimismo cultural. A esa realidad sesgada se suma la épica de un conflicto entre buenos y malos (los defensores del planeta y las diabólicas corporaciones que lo destruyen), y de rebote, se añade el protagonismo de los «divulgadores científicos» (abro y cierro comillas) que desde YouTube o las redes sociales nos explican una Ciencia con perspectiva ideológica y mucho arqueo de cejas.

También es lógico que, dentro de ese caldo de cultivo, proliferen los conspiranóicos, empeñados en situar el cambio climático en el mismo catálogo que el terraplanismo o las quimioestelas que nos lanzan desde misteriosos aviones.

Sin embargo, este último delirio (alentado por la alt right yanqui) me parece menos relevante, por más que algún político se suba a ese carro. Sirve, en todo caso, para que los ya citados «divulgadores» puedan establecer su dicotomía entre «la verdad absoluta» y «el negacionismo». Como si la ciencia no fuera un diálogo constante (y abierto) entre las certezas actuales y las que están por llegar.

A mi modo de ver, si se censura a los científicos que discuten la gravedad del efecto antropogénico y a los que defienden la energía nuclear, equiparándolos con los chiflados que sueñan con la invasión reptiliana, le estamos haciendo un flaco favor a la verdad y al progreso.

Hay algo que debería irritar mucho más a los conservacionistas serios y bien formados, y es que el activismo reciente, inspirado por la «Huelga escolar por el clima» que emprendió Greta Thunberg en 2018, tiene un sesgo que recupera las creencias apocalípticas de la Nueva Era.

¿Un retorno al pasado? Puede ser. En los setenta y los ochenta, nos resultaba fácil creer que la película Mad Max 2 dibujaba un futuro realista. Eso explica, entre otras cosas, el éxito de libros como Las amenazas de nuestro mundo (1979), en el que Isaac Asimov analizaba mil posibles maneras de acabar con la humanidad.

Por desgracia, la moda apocalíptica del siglo XXI demuestra que dicha inquietud siempre puede adaptarse a nuevas realidades. «La versatilidad del movimiento apocalíptico ‒escribe Damian Thompson‒ es asombrosa. Los marcos hipotéticos del fin del tiempo tienen la capacidad de adaptarse a su entorno mediante una mutación rápida: desde la profecía culta y solemne a la fantasía milenarista fanática y vuelta a empezar».

Padecemos problemas medioambientales muy graves ‒incendios, contaminación de los mares, destrucción de bosques antiguos, deterioro del suelo, extinción de especies por motivos evitables (por ejemplo, el furtivismo que fomenta la seudomedicina china)‒, y sin embargo, ninguno de ellos alcanza el protagonismo político que otorgamos al cambio climático en su versión milenarista.

La gracia del asunto es que nos dejamos llevar por sucesivas oleadas de informes que, en ocasiones, cambian de rumbo y presentan una nueva verdad, entre aplausos enfervorecidos del público.

Los que tenemos cierta edad aún recordamos, por ejemplo, lo mucho que se insistió en que nos esperaba una nueva glaciación. Para explicar el chasco posterior, nada mejor que leer al prestigioso climatólogo William F. Ruddiman: «La confirmación de la teoría que formuló Milutin Milanković en la década de 1970, según la cual las variaciones orbitales graduales controlan el crecimiento y el declive de las placas de hielo fue uno de los grandes éxitos de la climatología. El trabajo de de John y Katherine Palmer Imbrie en 1980 amplió estos resultados, demostrando que la próxima glaciación es ‘inminente’, es decir, que se debe producir en un plazo máximo de uno o dos milenios. Por desgracia, entonces unos pocos científicos utilizaron esos resultados para precipitarse a una conclusión errónea a corto plazo: llegaron a la conclusión de que la breve nivelación y la ligera inflexión de la temperatura global de las décadas de 1960 y 1970 debían ser el comienzo de una nueva glaciación (…) [Esos científicos] merecen las críticas que recibieron. Estaban equivocados».

Ruddiman también nos hace una advertencia: «Los medios de comunicación, en su intento de informar al público sobre este tema complejo, a menudo se tienen que dirigir a los portavoces de los extremos».

Peor aún, este paleoclimatólogo, famoso por su hipótesis del antropoceno antiguo, lanzó en 2005 el siguiente cubo de agua fría sobre los alarmistas: «Si lo situamos en el marco más amplio de las preocupaciones medioambientales y por los recursos, y pese a que probablemente los cambios sean cuantiosos, el cambio climático global no es el problema más grave que afronta la humanidad. A corto plazo, hay otros muchos problemas medioambientales que ya son más preocupantes, sobre todo algunos grandes cambios ecológicos. A largo plazo, las preocupaciones humanas probablemente se orienten hacia el agotamiento paulatino de los ‘regalos’ insustituibles que nos ha ofrecido gratuitamente la Tierra, como los combustibles fósiles, el agua potable y la capa superior del suelo».

Conservemos la naturaleza… y el sentido común

Bjørn Lomborg también es partidario de esta apertura de miras: «el desarrollo medioambiental ‒escribe‒ suele ser resultado directo del desarrollo económico ‒solo cuando somos suficientemente ricos podemos afrontar el lujo de cuidar nuestro entorno‒ (…) debemos establecer prioridades a la hora de utilizar nuestros limitados recursos (…) En el mundo real, nunca llevamos las cosas hasta el extremo final. Del mismo modo, debemos encontrar un equilibrio para minimizar la contaminación, al tiempo que podamos dedicar nuestro dinero, nuestro esfuerzo y nuestro tiempo a resolver otros problemas». Y añade: «Mucha gente muere innecesariamente por culpa de la contaminación del aire. Aunque la contaminación atmosférica ha descendido enormemente en los últimos treinta años, sigue siendo muy alta, sobre todo la contaminación por partículas. Por lo tanto, debemos poner todo nuestro esfuerzo en aplicar las estrictas restricciones de la contaminación en aquellas áreas en las que las ventajas superen a los costes».

Costes y beneficios: una y otra vez volvemos a la misma disyuntiva. Quizá también vaya siendo hora de pensar en lo limitado de los recursos públicos. En consecuencia, ¿por qué no diseñar soluciones realistas?

Como ya señalé, una de las principales críticas que se le hacen a los popes del ecologismo chic es su falta de constancia a la hora de defender una estrategia de descarbonización. Les gusta la energía solar ‒una tecnología que también produce residuos contaminantes‒, y como vimos más arriba, parecen disgustados con el modo en que se recurre a la energía eólica en determinados espacios naturales. Por supuesto, rechazan de plano la nuclear y cualquier propuesta de geoingeniería a gran escala.

Pero en todo esto, ni siquiera les da la razón el premio Nobel William Nordhaus ‒autor de referencia para los activistas‒. De hecho, Nordhaus también critica el alcance limitado de las renovables: «Sin mejoras significativas en sus precios, reemplazar los combustibles fósiles por energías renovables supondría un gasto enorme».

Nordhaus tantea dos tecnologías prometedoras: el gas natural avanzado y la energía nuclear avanzada. Sin embargo, al final, también cede al realismo: «El otro gran recurso de energía no fósil que puede desplegarse a gran escala y está sobradamente probado es la energía nuclear. El problema es que, aunque la nuclear se puede utilizar para generar electricidad, no es viable emplearla en otras aplicaciones como, por ejemplo, el suministro energético del transporte aéreo».

Para los conservacionistas, el progreso industrial ha sido, durante décadas, un objetivo hacia el que dirigir nuestro odio. Incluso cuando la tecnología se convierte en aliada de la naturaleza (una aliada imperfecta y con riesgos, pero cada vez más eficaz), esos mismos avances siguen materializando nuestros peores miedos.

En algo hemos salido ganando: la propaganda está de nuestro lado. Para la política de gestos, el ecologismo es hoy un proceso de purificación pública. Un instrumento utilísimo para blanquear la imagen de los políticos y para justificar decisiones no siempre racionales.

Sin embargo, nosotros, tan acostumbrados a repetir que la Tierra tiene unos recursos limitados, olvidamos quién paga y para qué se emplean los dichosos impuestos verdes. El mundo moderno es un lugar complejo, pero mucho mejor en términos absolutos que el que habitaron nuestros antepasados. Exige cuidados medioambientales, desde luego que sí, pero estos han de ponerse en práctica con la sangre fría y la precisión de un cirujano.

Por esa misma razón, insistir en el adanismo, en el sectarismo selectivo, en la guerra cultural, en el animalismo disneyano o en el utopismo inmaduro solo conduce a dos destinos. Y ambos son negativos. Uno es la polarización frente a cualquier propuesta conservacionista sensata. Y el otro, la indiferencia de esa ciudadanía a la que obligan a pagar el pato con continuas subidas fiscales.

Al final, como dice Lomborg, «una de las consecuencias más graves de la Letanía de Lester Brown, Al Gore y los demás ecologistas de élite es que reduce considerablemente nuestra capacidad para resolver los problemas que nos quedan. Nos deja la sensación de que estamos acorralados, actuando siempre con la espalda pegada a la pared, lo que termina provocando la toma de decisiones erróneas, basadas casi siempre en reacciones puramente emocionales».

Imágenes: Pixabay.

Libros mencionados: «Ecology in the 20th Century. A History», de Anna Bramwell (Yale University Press, 1989), «Green Philosophy: How to Think Seriously About the Planet», de Roger Scruton (Atlantic, 2011. Aún no he leído la traducción española: «Filosofía verde», Homo Legens, 2021, con prólogo de Miguel Ángel Quintana Paz), «La conquista de lo cool. El negocio de la cultura y la contracultura y el nacimiento del consumismo moderno», de Thomas Frank (Traducción de Mónica Sumoy y Juan Carlos Castillón, Alpha Decay, 2020), «Cómo leer literatura», de Terry Eagleton (Traducción de Albert Vitó i Godina, Ediciones Península, 2016), «La venganza de la Tierra. La teoría de Gaia y el futuro de la humanidad», de James Lovelock (Traducción de Mar García Puig, Planeta, 2006), «Ecología integral. La recepción católica del reto de la sostenibilidad», de Jaime Tatay (Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 2018),»El clima está en nuestras manos. Historia del calentamiento global», de Tim Flannery (Traducción de Damián Alou, Taurus, 2007), «El clima. El calentamiento global y el futuro del planeta», de Manuel Toharia (Random House Mondadori, 2006), «Esto lo cambia todo. El capitalismo contra el clima» (Traducción de Albino Santos Mosquera, Ediciones Paidós, 2015) y «En llamas. Un (enardecido) argumento a favor del Green New Deal» (Traducción de Ana Pedrero Verge y Francisco J. Ramos, Ediciones Paidós, 2021), de Naomi Klein,»El fin del tiempo. Fe y temor a la sombra del milenio», de Damian Thompson (Traducción de Jordi Fibla, 1998, Taurus), «Las amenazas de nuestro mundo», de Isaac Asimov (Traducción de Montserrat Solanas, Plaza y Janés, 1980), «El ecologista escéptico» (Traducción de Jesús Fabregat Carrascosa, Espasa, 2003) y «En frío. La guía del ecologista escéptico para el calentamiento global» (Traducción de Jesús Fabregat, Espasa, 2008), de Bjørn Lomborg, «El casino del clima. Por qué no tomar medidas contra el cambio climático conlleva riesgo y genera incertidumbre», de William Nordhaus (Traducción de Diego Sánchez de la Cruz, Ediciones Deusto, 2019) y «Los tres jinetes del cambio climático. Una historia milenaria del hombre y el clima», de William F. Ruddiman (Traducción de Teresa Sans, Turner, 2008).

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.