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Drôle de guerre

En 1939, al iniciarse la que sería Segunda Guerra Mundial, se acuñó la fórmula que da título a estas líneas. Puede significar guerra graciosa, divertida, o guerra extraña, rara. Las guerras no suelen ser graciosas ni divertidas, pero sí que las hay extrañas. Hitler no quería hacer la guerra a las democracias, es decir a las clásicas europeas, Francia y el Reino Unido. Planeaba ocupar Polonia para preparar su invasión a la Unión Soviética. Las democracias no toleraron su desplante polaco como lo habían hecho con Checoeslovaquia y Austria, y Alemania no tuvo más remedio que guerrear contra las democracias y, lo que es realmente drôle, aliada con la URSS. Lo demás es conocido y conduce a algo nada raro en las guerras: la catástrofe.

Con la de Ucrania ¿estamos ante una guerra comparable por su rareza, ya que lo único gracioso en ella es el presidente ucraniano, un antiguo actor cómico? Hoy, y con mérito propio, Volodímir Zelenski se ha convertido en el líder de un pueblo atacado injustamente por los rusos, pero nadie olvida que hizo su carrera en ruso y no en ucraniano.

Rusia no quería esta guerra. No por pacifista ni convivencial sino porque calculó otras respuestas a su malhadada marcha festiva hacia Kiev. Lo raro del asunto no es que sus estrategas hayan resultado ineficaces, sino que todo parece resultar de un fallo en su servicio de inteligencia, que aceptó noticias falsas urdidas por sus colegas ucranianos, al detectar a varios agentes rusos disfrazados de leales. No los detuvo, ni procesó, ni condenó. Los mantuvo en su lugar y los convirtió en mensajeros de falacias. Una drôlerie más cercana a una novela de especialistas novatos.

Europa ha reaccionado con bastante cohesión y rapidez a la agresión putiniana. A la vez, con sus compras de gas y petróleo moscovitas, ayuda al adversario a financiar su guerra. No es una inversión reproductiva sino la quema de un excedente social. Se la puede comparar con los gastos suntuarios, sólo que en destructivo. Después de todo, un palacio o una catedral pueden también considerarse gastos suntuarios, pero duran y hasta se les extraen rentas turísticas. La guerra sólo produce muerte y ruina. Los rusos, dando el ejemplo, insisten en destruir ciudades del Dombás, donde pretenden quedarse. Es decir: fabrican los escombros de sus construcciones, sus calles y sus servicios urbanos.

Sin duda, lo más útil de esta guerra, acaso lo único útil de ella, es la puesta a prueba con fuego real, de unas armas de última generación. Bueno, quien dice fuego real dice muertos y mutilados reales. Nada es ficticio, ni el virtuosismo técnico ni la autenticidad de los cadáveres y los discapacitados. Además, el armamento destruido ha de ser repuestos y mejorado, lo que propicia un aumento de la demanda para numerosas industrias. Quien dice industria dice empleo, familias de buen nivel seguro, vacaciones y juegos para los pequeños. Según se ve, nada de esto es raro y desdibuja la feliz ocurrencia producida por la guerra de 1939, la drôle de guerre.

A cuenta de lo raro y lo habitual podríamos insistir en el tópico de que algo tendrá la guerra pues aparece en la historia de las mejores civilizaciones. No me refiero a su explicación esotérica que acude a la necesidad puntual de matar y producir carroña para abonar los campos donde prosperarán las cosechas del futuro. Tampoco hago hincapié en la parte sublime de lo bélico, el morir por la patria, por los dioses tutelares, la raza superior o la clase social destinada a la redención de la humanidad. Me refiero al doble episodio, insistente como la lluvia de esa agua que algo tendrá cuando la bendicen: nos preparamos gozosamente para la guerra y nos avergonzamos de tener que hacerla. Será por eso que, carente de gracia, la llamamos drôle y, carente de rareza, la llamamos igualmente drôle. Sé que es difícil cambiar de costumbres pero podríamos proponernos una doble alteración: dejar de guerrear y si nos aburrimos por devenir apacibles, buscar la diversión en los juegos. Eso sí: sin armas, aunque sean de material plástico.

Imagen superior: President.gov.ua

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")