Cualia.es

Dos totalitarismos frente a frente: el nazismo y el comunismo

Sobre las similitudes entre los totalitarismos nazi y comunista se ha escrito mucho. Nosotros mismos publicamos en 2010 El delirio nihilista, un ensayo que analiza con detalle cada uno de los grandes sistemas liberticidas desde el siglo pasado a la actualidad.

Pero más allá de los matices que pueden hacerse al comparar estos dos sistemas (para empezar sus bases doctrinales son muy distintas, mucho mas «elaboradas» en el caso del comunismo), la realidad en que ambas ideologías son totalitarias.

Comparten, además, numerosas fobias: a la democracia liberal, a la burguesía, a las iglesias, a las libertades… Por otro lado, ambas son antisemitas.

Hay, asimismo, equivalencias en su modus operandi: partido único, líder absoluto, el terror como arma, la propaganda, un estado policial, el uso de campos de concentración y de asesinatos en masa… Lo mismo cabe decir a propósito de sus resultados: pobreza, desigualdad, desaparición de libertades y millones de muertos.

En términos de «productividad criminal», resulta difícil valorar quién mató más. Mientras que el nazismo dejó un burocrático rastro impreso de sus crímenes durante sus 12 años de existencia en una pequeña parte de Europa (Alemania y los territorios ocupados), el comunismo se guardó muy bien de eliminar pruebas de cargo durante sus mas de 100 años de existencia en numerosos países de todo el orbe: la URSS, los países del Pacto de Varsovia, China, Cuba, Corea de Norte, Camboya, Vietnam, etc. Y eso por no hablar de países que, aun no siendo estrictamente comunistas, siguen sus postulados en versiones customizadas (el socialismo del siglo XXI o bolivariano).

Sabemos con bastante certeza el número de víctimas del nazismo, pero cuando abordamos los crímenes del comunismo, los millones de víctimas oscilan entre los 50 a los 100 millones. Y ello es así porque –como decía– van a variar mucho según la fuente empleada (Robert Conquest, Stéphane Courtois, Rudolph Joseph Rummel, Aleksandr Solzhenitsyn…).

Ni siquiera el terrible genocidio ucraniano de los años treinta (el Holodomor) ha logrado un consenso académico en cuanto a sus víctimas. En cualquier caso, siempre van a moverse entre los 1,5 y los 5 millones de personas, asesinadas literalmente de hambre (es fundamental la lectura de Hambruna roja. La guerra de Stalin contra Ucrania, de Anne Applebaum).

Ítem mas en la China comunista de Mao o la Camboya de los jemeres rojos de Pol Pot. El caudal de crímenes fue tan brutal, constante y masivo que cualquier cómputo «industrial» o sistemático al uso resulta inviable.

Además, ningún carnicero desea dejar constancia de sus crímenes y cuenta con la maquinaria del Estado totalitario para transformar las cifras al gusto. Salvando las distancias –es solo un ejemplo para ilustrar lo que quiero transmitir– si en la España de 2020 no sabíamos todavía si las víctimas del Covid19 eran 27.000 o 50.000, es fácil entender la dificultad para calcular las cifras de muertos en la Ucrania de 1932. Pueden hacerse extrapolaciones demográficas, o recurrir a algún archivo milagrosamente salvado de las purgas que ilumine la terrible maquinaria de crímenes comunistas, pero será siempre muy difícil llegar a cifras de consenso entre historiadores, máxime cuando también la Historia parece estar sometida a la dialéctica política que todo lo emborrona.

Cuando en alguna ocasión he debatido con algún negacionista de los crímenes del comunismo internacional –los negacionistas nazis casi han desaparecido del debate público–, me ha sorprendido mucho que trataran de restar importancia a algunos de sus crímenes mas sonados (el Holodomor, por ejemplo) sobre la base de ciertos errores que habían detectado en el cómputo de víctimas. Como si el haber asesinado a dos millones en vez de a cinco fuese ya una prueba de descargo. Y no lo es, obviamente.

Si mañana se descubriese un archivo secreto que acreditase que el comunismo «solamente» había asesinado quince millones de personas (en vez de los cien millones que estima El libro negro del comunismo, de Courtois) seguiría siendo una ideología exactamente igual de execrable que lo es hoy, cuando todo apunta a que sus víctimas mortales superan cien millones de almas. Y eso no admite ni peros, ni medias tintas.

El comunismo es una abominación totalitaria que debiera estar prohibida como ideología y como simbología de uno de los dos grandes horrores del siglo pasado.

El nazismo ya ha sido juzgado por la historia y nadie en su sano juicio se permitiría justificarlo o reivindicarlo. Ni siquiera en una nueva versión sin supuestos «deslices históricos». (¿Se imaginan una especie de «euronazismo» que renunciase a su antisemitismo, pero que mantuviese la esvástica, la devoción por Wagner y la idolatría por Mi lucha?) .

Es el momento de hacer lo mismo con el comunismo. Y creo que esa exigencia debería plantearse ahora, justo cuando vuelve a aflorar un comunismo new age en este río revuelto en el que vivimos: ese «cuando peor, mejor» que es fundamental para regenerar su necrosis.

Mientras no exijamos que rindan cuentas históricas y sigamos pensando que hay víctimas buenas y víctimas malas, o asesinos infectos y asesinos «con causa», no saldremos del cenagal dialéctico en el que solemos meternos al conocer la Historia y aprender de ella.

Las llamadas leyes de memoria histórica (ahora «democrática») de España o de Polonia son una prueba de lo que quiero decir. En ambos países, y desde ideologías bien opuestas, se ha legislado en los últimos años para reescribir la historia al gusto de los partidos políticos en el poder.

En Polonia uno no puede decir (con pruebas históricas) que muchos polacos participaron gustosos en los progromos nazis. En España uno no puede decir (con pruebas históricas) que la Segunda República –al menos desde 1934– no fue el paraíso democrático que nos quieren vender, sino una democracia fallida en el torbellino de fuerzas totalitarias de los años treinta del siglo pasado.

Tampoco podría decirse que la República de Weimar fue democrática entre enero y julio de 1933, con las viejas instituciones republicanas aún nominalnente existentes pero con Hitler ya de canciller. Eran tiempos en dónde la única elección posible era entre dos monstruos que pugnaban por una misma pieza: las débiles democracias liberales.

La resolución 2019/2819 (RSP) del Parlamento Europeo (Resolution on the importance of European remembrance for the future of Europe, 19/09/2019) es muy significativa –y también lo es el silencio institucional acerca de ella en nuestro país–, pues equipara al comunismo y al nazismo. Y eso, en sí mismo, es un gran avance.

Dice así: «La Segunda Guerra Mundial, la guerra más devastadora en la historia de Europa, se inició como resultado inmediato del notorio Tratado nazi-soviético de no agresión del 23 de agosto de 1939, también conocido como el Pacto Molotov-Ribbentrop, y su protocolos secretos, mediante los cuales dos regímenes totalitarios que compartían el objetivo de la conquista mundial dividían a Europa en dos zonas de influencia. En su resolución, el Parlamento condenó todas las manifestaciones y propagación de ideologías totalitarias, como el nazismo y el estalinismo, en la UE, así como el revisionismo histórico y la glorificación de los colaboradores nazis en algunos Estados miembros de la UE. Expresó su profunda preocupación por la aceptación cada vez mayor de ideologías radicales y la vuelta al fascismo, el racismo, la xenofobia y otras formas de intolerancia en la Unión Europea. El Parlamento pidió a los Estados miembros que hagan una evaluación clara y basada en principios de los crímenes y actos de agresión perpetrados por los regímenes comunistas totalitarios y el régimen nazi. (…) Condenar y contrarrestar todas las formas de negación del Holocausto, incluida la banalización y minimización de los crímenes perpetrados por los nazis y sus colaboradores, y prevenir la banalización en el discurso político y mediático. En general, la UE pidió una cultura común de recuerdo que rechace los crímenes de los regímenes fascistas, estalinistas y otros totalitarios y autoritarios del pasado como una forma de fomentar la resiliencia contra las amenazas modernas a la democracia, especialmente entre las generaciones más jóvenes (…) Por último, el Parlamento sostuvo que Rusia sigue siendo la mayor víctima del totalitarismo comunista y que su desarrollo hacia un estado democrático se verá obstaculizado mientras el gobierno, la élite política y la propaganda política continúen encubriendo los crímenes comunistas y glorificando al régimen totalitario soviético. Por tanto, se le pide que acepte su trágico pasado».

Esta resolución me habría gustado más si este documento fuese menos ambiguo al referirse al comunismo, al que en algunos párrafos parece circunscribir al estalinismo (declarado malo por Kruchev a finales de los años cincuenta) y en otros lo abarca en su totalidad, que es lo que procede, llamándolo por su nombre: comunismo.

Una resolución de este tipo, en un país realmente respetuoso con las libertades públicas, tendría que llevar a un claro consenso político para abominar desde las instancias políticas tanto del nazifascismo como del comunismo.

No sucederá, claro, entre otras razones porque el comunismo new age ha sido normalizado e incluso ha llegado a formar parte del gobierno.

Copyright del artículo © Fernando Navarro. Reservados todos los derechos.

Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).