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Diego de Alcalá, mano de santo

Nació nuestro protagonista en los años 70 del siglo XIV en San Nicolás del Puerto (Sevilla). Ingresó muy pronto en los franciscanos, viviendo en diferentes conventos de la orden (Úbeda, Sevilla, Fuerteventura, Segovia, etc.) en los que destacó siempre por su dedicación a los pobres.

Hasta aquí, una biografía “normal”. Sin embargo, nuestro protagonista es famoso por haber alcanzado la santidad. Fue canonizado en 1588 por Sixto V, habiéndosele atribuido seis milagros. Para empezar, Diego de Alcalá curaba a los pobres y enfermos que acudían al convento, simplemente ungiéndoles la frente con un poco del aceite que ardía ante la imagen de Nuestra Señora de la Antigua, lo que ya de por sí da para una canonización a mi entender. Sin embargo, fueron otros milagros los que le dieron la fama.

Hubo un niño que después de haber hecho una trastada y ante la posibilidad de que su madre le crujiera con una vara, se escondió en el horno, quedándose dormido. La madre, que ignoraba el escondite elegido por el churumbel, prendió la leña del horno pero la criatura se salvó gracias a la intercesión de Diego de Alcalá. ¿Cómo? Pues ni idea. Lo de este crío que se libra de ser asado en el horno de leña es como la muerte de Lucia de Lammermoor: un misterio envuelto en un torrente de preguntas. ¿Rezó la madre al santo para que encontrara al niño y este le dijo telepáticamente a la madre que el churumbel estaba a punto de quedarse como un churrasco? ¿Estaba presente Diego y advirtió de la presencia del niño? Lo ignoro, pero el caso es que este es uno de los milagros atribuido al marucho.

Otro de sus milagros más conocidos es aquel que ocurrió cuando, habiéndosele prohibido que no cogiera comida del convento para los pobres, fue sorprendido por el superior que le pidió que le mostrara lo que llevaba escondido envuelto entre las mangas. Cuando Diego de Alcalá extendió los brazos, varias rosas cayeron al suelo, entendiendo sus compañeros que con un monje que hacía milagros, no les faltarían las viandas en el monasterio.

No obstante, fueron los milagros relacionados con los poderosos, los que más fama le dieron, sin olvidar que estuvo bajo la protección del arzobispo de Toledo, Alonso Carrillo, destacado cortador de bacalao. Habiendo muerto ya nuestro fraile, Enrique IV de Castilla tenía un brazo pocho, probablemente, de una caída. Andaba el hombre muy molesto con el asunto del brazo hasta que le aconsejaron tocar el cadáver amortajado con el hábito de San Francisco de Diego de Alcalá. Inmediatamente se le puso el brazo como el de Nadal. Poco después, ordenó que llevaran a su hija-no hija doña Juana (La Beltraneja) para que tocando también el cuerpo del marucho, curara de una infección de garganta. La chiquilla sanó, que por otra parte, si llega a saber la vida que le esperaba, lo mismo en vez de tocar la momia se hubiera lanzado al vacío desde algún puente. Enrique IV, que era un pusilánime y un flojo, era también muy generoso y en agradecimiento por las curaciones, ordenó que los restos del curandero santo fueran depositados en una urna de plata.

Hagamos ahora un salto de un siglo aproximadamente. El príncipe Carlos, el heredero de Felipe II, está pasando una temporada (1562) en Alcalá de Henares en compañía de su tío don Juan de Austria y de Alejandro Farnesio, estancia relacionada con su formación. Don Carlos, de quien ya sabemos que de niño castraba gatos además de otras entrañables aficiones propias de una infancia despreocupada y feliz (y psicótica), perseguía un día a la hija de uno de sus sirvientes en el Palacio Arzobispal de Alcalá cuando se cayó por las escaleras, golpeándose la cabeza. Al principio, parecía que la herida no era grave, pero con el paso de las horas, la criatura presentó fiebre y parálisis en un lado del cuerpo, además de que la herida empezaba a presentar un aspecto horrible. Atendido por los mejores galenos (los doctores Olivares, Vega, Daza Chacón, Mena, Pedro de Torre, incluso un curandero morisco de nombre Pinterete), estos le aplicaron los remedios de la época: ungüentos, sangrías y cataplasmas. Sin embargo, el príncipe estaba cada vez peor.

Ante la gravedad del enfermo, Felipe II acudió raudo y veloz acompañado del cirujano Vesalio, que rápidamente realizó una trepanación en el principesco cráneo. Mientras tanto, Felipe II, devoto del taumaturgo futuro santo y respaldado por el duque de Alba, ordena que la momia de Diego de Alcalá sea introducida en la cama de su hijo, colocando la cabeza del ínclito sobre las rodillas del enfermo para que este pudiera tocar cómodamente la cabeza sanadora. Milagro al canto: un mes más tarde, el príncipe Carlos ya volvía a perseguir doncellas, a castrar gatos y a conspirar contra su padre, si bien creo yo, que lo que realmente sanó al príncipe fue la intervención de Vesalio.

No será la última vez que asistiremos a la utilización de Diego de Alcalá para intentar curar a un miembro de la realeza. Cuando la reina María Amalia de Sajonia, la amada esposa de Carlos III, agonizaba víctima de la tuberculosis (septiembre de 1760) le metieron en la cama la momia del santo. La horrorizada reina pidió, ya apenas sin fuerzas para hablar, que le sacaran de la cama la reliquia, pues a pesar de que después de morir, el cuerpo de Diego de Alcalá permaneció seis meses insepulto oliendo de maravilla, lo cierto es que su cercanía resultaba insoportable trescientos años después. Los presentes accedieron, pero como la enferma empeoraba por momentos, volvieron a traerle al difunto, mas como los cerrojos del ataúd se habían atascado, había que forzarla (la cerradura, no a María Amalia). Los más considerados pidieron que no se ordenara a los operarios que se pusieran a romper a mazados la cerradura en la habitación de la moribunda. Ni que decir tiene que María Amalia falleció horas después.

Fray Diego de Alcalá y sus milagros han sido representados por Francisco de Zurbarán (“San Diego de Alcalá”, hacia 1658; Colección del Museo del Prado) y por Murillo (“San Diego de Alcalá dando de comer a los pobres”, 1645, Museo de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando; uno de los pocos cuadros robados por el general Soult durante la ocupación francesa que fue recuperado). También Lope de Vega le dedicó una obra de teatro (San Diego de Alcalá) y un soneto: “La verde yedra al tronco asida, trepando por sus ramas tanto crece…”. Así mismo, han tallado su imagen Pedro Mena, Martínez Montañés, Alonso Cano y Gregorio Fernández. Por cierto, la ciudad estadounidense de San Diego fue bautizada así en honor a nuestro protagonista.

Cada 13 de noviembre cientos de personas visitan el cuerpo incorrupto de San Diego en la Catedral de Alcalá de Henares.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.