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Descubre al conservador que llevas dentro

Pensar distinto no tiene mucho mérito. Lo difícil es hacerse entender en estos tiempos de victimismo y politización abrasiva. Siempre ha habido derechas e izquierdas, pero ahora parece que nos aburrimos y necesitamos algo más fuerte. Por ejemplo, identificar al adversario con ese monstruo que ruge tras la empalizada.

Ahí está la clave. No en la ideología convertida en espectáculo, sino en el espectáculo mismo. Nuestro mundo se ha convertido en una fantasía de tebeo, nada intelectual ni reflexiva. Los malos le partirían a usted el alma en un santiamén, y en cambio, los buenos ‒quiero decir: los nuestros‒ han sufrido para llegar hasta aquí. Precisamente por eso, no se arrepienten de nada y triunfarán en la última viñeta.

Este discurso bipolar triunfa especialmente entre personas que disponen de un megáfono. Por ejemplo, entre los profesores universitarios, los artistas y quienes nos dedicamos a la prensa. Podría contarles muchas anécdotas personales que lo demuestran. Para no aburrirles, citaré un par.

La primera sucede en el interior del coche donde viajamos un colega y yo para cubrir un acto relacionado con los premios Príncipe de Asturias. Al tipo se lo pongo en bandeja cuando, a propósito del protagonista del evento, le hablo de la superación de los extremismos. «Pues qué quieres que te diga ‒responde‒. Yo siempre me sentiré más cerca de un estalinista, porque por lo menos es de izquierdas y no un facha».

Segunda dosis de realidad. El director de cine José Luis Garci acaba de presentar su película Luz de domingo. Salgo del pase de prensa, y mientras paseo con otro asistente, me intereso por su opinión: «¿Qué te pareció la película?». «No me gustó nada», confiesa el crítico, decepcionado. «¿Ah, sí? ¿Y por qué?», le digo. «Pues mira  ‒responde‒, es que me parece vergonzoso que un tío que fue de izquierdas sea ahora tan reaccionario. Un traidor, eso es lo que es».

Ustedes me dirán que, en privado, las hipérboles y la exhibición de músculo son cosa corriente. Qué más dará.

Pues llámenme exagerado, pero hace demasiado tiempo que veo esta militancia y este odio envasado al vacío en la gente de mi oficio. ¿Y saben qué sucede? Pues que al final uno, en la vida corriente, evita hablar de sus ideas para que no lo acusen de ser un energúmeno de una brutalidad cavernaria, aficionado a los discos de pasodobles, con vino de garrafa en el maletero y el intelecto a medio gas.

Es lo de siempre: nos encantan las etiquetas. Y en cuanto defiendes el pensamiento conservador, todo parece torcerse. Y cuando digo torcerse, me refiero a una completa edición deluxe: la Naranja mecánica, Ned Flanders, la burguesía cortijera y Franco bajo palio. Los clichés son eso: clichés. Y si se manejan con soltura, permiten alzar esa sólida tapia que iguala a los democristianos, a la derecha estatista, a los republicanos yanquis, a los centristas, a los liberales clásicos, a los tradicionalistas, a los libertarios, a un socialdemócrata discrepante, a la alt-right, y ya puestos, a cualquier skin alcohólico y futbolero.

Pero a mal tiempo, buena cara. El clima mental no invita a hacer precisiones, y sin embargo, eso es precisamente lo que me dispongo a hacer: precisiones sobre el conservadurismo y sus afanes. «He sido un revolucionario sin ira ‒ya lo dijo Fernando Savater‒; espero ser un conservador sin vileza».

Les adelanto que esta perspectiva mía nada tiene que ver con un partido concreto. Los políticos siempre acaban decepcionándonos. Las ideas, creo yo, fluirán mejor si no tenemos en cuenta ningún cartel electoral. Es más, para hablar sin interferencias, solo citaré a figuras respetables, o que al menos, a mí me lo parecen.

Ahí va mi primera confesión: no me seduce el minarquismo. Sin embargo, creo que hay que poner límites muy claros al Estado. ¿Por qué? Pues porque es una organización política que siempre tiende a aumentar ‒bajo la ambigua promesa del bienestar público‒ su tamaño y sobre todo su alcance.

¿Qué quiero señalar con esto? Escuchen lo que decía el 8 de abril de 1869 don Antonio Cánovas del Castillo en un discurso parlamentario: «Yo sé bien que el fin de la sociedad humana en la tierra es el desarrollo, es la perfección posible de la personalidad del individuo. Yo soy de los que piensan que el ideal y el fin de la vida no están en la sociedad, sino en el individuo mismo. Yo soy, pues, fundamentalmente individualista; y no lo soy ahora, lo era antes, lo era hace mucho tiempo, y lo tengo consignado en páginas impresas, porque estoy resuelto, y dicho sea al paso, a no decir aquí hoy ninguna opinión que no tenga ya manifestada de antemano. Pero al mismo tiempo que considero así al individuo, soy también de los que otorgan al Estado grandes atribuciones en la vida humana, no sólo como institución de derecho y garantía de derechos, sino como instrumento natural y necesario de progreso y de perfección para los hombres».

Ahora bien, ¿qué sucede cuando el Estado no para de hacer cosas que no debería? ¿Es razonable entregarle todo el control a una megaestructura que, por sistema, tiende a ignorar el endeudamiento público, la separación de poderes o la competencia virtuosa? ¿Por qué casi todos los partidos educan a sus cuadros contra el ahorro o la austeridad? ¿Generar narrativas con un enemigo nítido basta para que olvidemos esa deriva?

En 1978, el escritor mexicano Octavio Paz hacía una advertencia al respecto en El ogro filantrópico: «Los liberales creían que, gracias al desarrollo de la libre empresa, florecería la sociedad civil y, simultáneamente, la función del Estado se reduciría a la de simple supervisor de la evolución espontánea de la humanidad. Los marxistas, con mayor optimismo, pensaban que el siglo de la aparición del socialismo sería también el de la desaparición del Estado. Esperanzas y profecías evaporadas: el Estado del siglo XX se ha revelado como una fuerza más poderosa que la de los antiguos imperios y como un amo más terrible que los viejos tiranos y déspotas. Un amo sin rostro, desalmado y que obra no como un demonio sino como una máquina» Y continúa: «El Estado moderno es una máquina, pero es una máquina que se reproduce sin cesar. En los países de Occidente, lejos de ser la dimensión política del sistema capitalista, una superestructura, es el modelo de las organizaciones económicas; las grandes empresas y negocios, a imitación suya, tienden a convertirse en Estados e imperios más poderosos que muchas naciones. (…) Las grandes compañías transnacionales prefiguran ya un capitalismo burocrático. Frente a ellas. las burocracias totalitarias del Este europeo. Allá el proceso ha sido más rápido y feroz. La sociedad civil ha desaparecido casi enteramente: fuera del Estado no hay nada ni nadie. Sorprendente inversión de valores que habría estremecido al mismo Nietzsche: el Estado es el ser y la excepción, la irregularidad y aun la simple individualidad son formas del mal, es decir, de la nada».

Es razonable buscar soluciones a estos y otros problemas de la vida pública, pero conviene tener cuidado. Lo primero: evitar consecuencias indeseables. Primum non nocere, como decía Hipócrates.

Por desgracia, a la hora de ensanchar su base electoral, los modernos partidos políticos calientan el debate con ideas-fuerza y palabras talismán. De hecho, la lógica de la expiación o la defensa incondicional y acrítica de lo público ‒que se traducen en una sociedad polarizada y en ese incremento inmanejable de la deuda‒ nos empujan hacia un debate infantil, feroz e improductivo, que funciona con sobrentendidos.

A partir de ahí, el clientelismo, el derroche, la corrupción y otros vicios de la partitocracia ‒letales, por cierto, para un sector público razonable‒ ya solo nos importan si se detectan en el bando contrario. Asimismo, boicoteamos la igualdad de oportunidades con leyes educativas cada vez más alejadas de la excelencia. Valoramos más lo que dicen los abajofirmantes de un manifiesto o los voceros de la telecracia que las advertencias de los pocos sabios que aún nos quedan. Y lo que es peor: nuestro músculo social se encoge a medida que esas elites van desapareciendo, ahogadas en un mar de cinismo, ruido, superficialidad e ignorancia voluntaria.

El resultado lo tienen delante: una sociedad invertebrada y desinformada, cuyos códigos compartidos se difuminan, sustituidos por identidades de nuevo cuño.

Dado que hay poco a lo que aferrarnos, podemos justificar sin muchos problemas el adanismo y la urgencia de un reinicio. El utopismo de Silicon Valley va justo en esa línea: todo debe cambiar, y además, existen buenas razones para desconectarnos de lo que nos precede. Larry Page, cofundador de Google y una de las diez personas más ricas del mundo, lo definía en estos términos: «La ley no puede ser correcta si tiene cincuenta años. No puede serlo si se acuñó antes de internet».

¿Cómo resuenan en ese panorama las ideas conservadoras? Frente a lo que suelen repetir tantos prescriptores ‒en realidad, la mayoría‒ y muchos políticos ‒incluidos bastantes derechistas‒, el conservadurismo no es un modelo económico ni la escapada hacia un reino aristocrático. Tampoco es un método para borrar las huellas del progreso, y mucho menos un modo de ignorar las miserias e injusticias del mundo.

Michael Oakeshott, el filósofo inglés, ofreció una definición muy interesante del pensamiento conservador. Como verán en el siguiente entrecomillado, lo que señala Oakeshott escapa de la adscripción partidista. El conservadurismo, nos dice, es «una actitud propia de una persona claramente consciente que tiene algo que perder y que ha aprendido a valorar. Una persona que, en cierto modo, tiene muchas oportunidades que disfrutar, aunque no tantas como para no importarle perderlas. Se presentará más naturalmente en la gente mayor que en la gente joven, no porque los mayores sean más sensibles a la pérdida, sino porque éstos tienen mayor conciencia de los recursos de su mundo y, por consiguiente, tienden menos a encontrarlos inadecuados. En algunas personas, esta actitud es débil porque simplemente desconocen lo que el mundo tiene para ofrecerles: el presente es para ellos sólo un residuo dejado por lo inoportuno. Ser conservador consiste entonces en preferir lo familiar a lo desconocido, lo probado a lo no probado, los hechos al misterio, lo real a lo posible, lo limitado a lo ilimitado, lo cercano a lo distante, lo suficiente a lo superabundante, lo conveniente a lo perfecto, la felicidad presente a la dicha utópica».

«Las relaciones y las lealtades familiares ‒añade‒ serán preferibles a la fascinación de vínculos más provechosos. El hecho de adquirir y acrecentar será menos importante que mantener, cultivar y disfrutar. El pesar provocado por la pérdida será más agudo que la excitación que provoca la novedad o la promesa. Se trata de poder hacer frente a nuestro propio destino, vivir conforme a nuestros propios medios, contentarse con la necesidad de mayor perfección personal como con las circunstancias que nos rodean».

Al conservador, continúa Oakeshott, «no le preocupa la ausencia de innovación: concentra gran parte de su atención en el uso y aprovechamiento de las cosas tal como son». Sobre todo, porque la innovación «implica una pérdida cierta y una ganancia posible, por consiguiente, el peso de la prueba, la demostración de que cabe esperar que el cambio sea en última instancia beneficioso, recae sobre el reformador».

En resumen, el conservador «piensa que no se debe abandonar un bien conocido por otro desconocido. Si se ve obligado a navegar en lo desconocido, cree conveniente sondear la ruta a cada instante. Lo que los demás identifican como timidez, él lo califica como prudencia racional; lo que los demás interpretan como inactividad, para él constituye una inclinación a disfrutar en vez de explorar».

Todo esto, como verán, presupone cierta madurez. «Cuando somos jóvenes ‒escribe Oakeshott‒ no estamos dispuestos a hacer concesiones al mundo; nunca sentimos el contrapeso de una cosa en nuestras manos, a menos que sea un mazo de criquet. No podemos distinguir entre lo que nos gusta y lo que valoramos. La urgencia es nuestra escala de valores, y nos resulta difícil comprender que lo aburrido no es necesariamente despreciable. No toleramos la restricción; y fácilmente creemos, como Shelley, que el haber contraído un hábito es haber fracasado» («On being conservative», 1962. Publicado en Rationalism in Politics and Other Essays, 1981. Tomo aquí la traducción editada en Estudios Públicos, nº 11, Santiago de Chile 1983).

La prudencia que defiende Oakeshott es un valor que también destacan otros teóricos del conservadurismo. En España esto último hemos de agradecérselo a Gregorio Luri, autor de un libro de referencia, La imaginación conservadora (2019).

Luri plantea la necesidad de un anclaje moral y racional, basado en la experiencia de nuestros predecesores y en el sentido común. Ese vínculo con la tradición, dicho de paso, hace que afloren otros valores sólidos: la preservación del legado cultural, el amor por el arte y la naturaleza, el diálogo saludable (no presentista) con nuestra historia y una meritocracia bien entendida, basada en el esfuerzo personal.

En definitiva, se trata de reconciliarnos con palabras como educación, compasión, constancia, pragmatismo y cordura.

Así las cosas, ¿cómo distinguir a un conservador de un reaccionario? «¿Sabes cuál es la imagen que más me ha hecho pensar en eso? ‒le decía Luri a Jorge del Palacio‒ La de la nave del Estado, presente en nuestra reflexión política desde Platón. Mientras que el progresista tiene clara la ruta y el puerto de destino y está convencido de que los vientos de la Historia son vientos portantes, el reaccionario está remando denodadamente contra ese viento, intentando regresar a la seguridad del puerto. El ideal del conservador es mantener el barco a flote y, para ello, tanto babor como estribor deben estar equilibrados, cosa que les cuesta aceptar al progresista y al reaccionario. Para el progresista, el conservador es un lastre».

Volvamos al principio: ¿es posible que la mentalidad conservadora se sobreponga a los prejuicios que pesan sobre ella? Nadie se pregunta: ¿qué puede aportar el conservadurismo a una sociedad tan propensa a la indignación, la inmediatez y el emotivismo?

Como dice esa archiconocida cita de Roger Scruton, «las cosas buenas son fáciles de destruir, pero no son fáciles de crear». En realidad, la prudencia colectiva, la responsabilidad individual y el sentimiento de pertenencia a una comunidad ‒España, en mi caso‒ son muy saludables para la democracia. Y a mi modo de ver, ese modo de cuidarnos entre nosotros también es un buen antídoto frente a la degradación de la esfera pública que (vaya por Dios) nos trajo el catálogo programático del posmodernismo.

En el prólogo a Ideas y costumbres (1993), sexto volumen de sus obras completas, Octavio Paz ‒un liberal bastante heterodoxo‒ añade contexto a esta cautela que les planteo: «La masificación (horrible palabra) de los ciudadanos y la transformación del debate público en espectáculo son rasgos que degradan a las democracias modernas. Denunciar esos males es defender a la verdadera democracia. Pero hay otra dolencia no menos inquietante. Lo mismo para los pensadores antiguos que para los modernos, de Aristóteles y Cicerón a Locke y Montesquieu, sin olvidar al mismo Maquiavelo, la salud política de las sociedades dependía de la virtud de los ciudadanos. Se discutió siempre el sentido de esa palabra ‒la interpretación de Nietzsche es memorable‒ pero cualquiera que sea la acepción que se escoja, el vocablo denota siempre dominio sobre nosotros mismos». Y sigue: «Nuestro hedonismo no es una filosofía del placer sino una abdicación del albedrío y habría escandalizado, por igual, al dulce Epicuro y al frenético Donatien de Sade. El hedonismo no es el pecado de las sociedades modernas: su pecado es su conformismo, la vulgaridad de sus pasiones, la uniformidad de sus gustos, ideas y convicciones».

Un apunte final: para el sectario que ignora quiénes fueron Abraham Lincoln, Robert Schuman, Konrad Adenauer o Alcide De Gasperi, la defensa de las libertades civiles y la crítica de los abusos del poder son patrimonio exclusivo de la izquierda. Exagero poco si digo que esa ignorancia es una forma como cualquier otra de cavar trincheras. Ayuda, sobre todo, a ver la realidad con un ojo tapado y a cultivar un narcisismo estratosférico en las redes sociales.

En fin, no les cuento nada nuevo. Es nuestra guerra perpetua. Pero sin duda, resulta sorprendente, y también agotador, que aún no hayamos aprendido a conversar como verdaderos adultos.

A falta de esa lucidez, y conscientes de que no hay nada perfecto en este mundo, cultivemos al menos el escepticismo feliz que nos recomendaba otro conservador, G.K. Chesterton: «El mundo moderno ‒decía el escritor católico‒ se divide entre conservadores y progresistas. El negocio de los progresistas consiste en seguir cometiendo errores. El negocio de los conservadores consiste en evitar que se corrijan esos errores. Cuando el revolucionario llega a ese punto en que se arrepiente de su revolución, el tradicionalista ya la está defendiendo como parte de su tradición. Por consiguiente, tenemos a esos dos grandes tipos: la persona avanzada que nos precipita hacia la ruina y la persona retrospectiva que admira las ruinas (…) En nuestra Constitución, esto se denomina equilibrio o control mutuo» (Illustrated London News, 1924).

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Guzmán Urrero

Guzmán Urrero

Tras una etapa profesional en la Agencia EFE, Guzmán Urrero se convirtió en colaborador habitual de las páginas de cultura del diario ABC y de revistas como "Cuadernos Hispanoamericanos", "Album Letras-Artes" y "Scherzo".
Como colaborador honorífico de la Universidad Complutense de Madrid, se ocupó del diseño de recursos educativos, una actividad que también realizó en instituciones como el Centro Nacional de Información y Comunicación Educativa (Ministerio de Educación, Cultura y Deporte).
Asimismo, accedió al sector tecnológico como autor en las enciclopedias de Micronet y Microsoft, al tiempo que emprendía una larga trayectoria en el Instituto Cervantes, preparando exposiciones digitales y numerosos proyectos de divulgación sobre temas literarios y artísticos. Es autor de trece libros (en papel) sobre arte y cultura audiovisual.