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Demos y Oclos

De los griegos hemos heredado el concepto de democracia. Cabe subrayar que sólo el concepto y no la realidad concreta. En efecto, en la democracia ateniense no había participación de mujeres, esclavos ni metecos (extranjeros). Los demócratas se limitaban a los propietarios, blancos, nativos y varones. Ellos se reunían en la plaza pública y discutían y acordaban todo en voz alta y al alcance de todos. Hoy, nuestras democracias son mucho más participativas y esta obviedad no merece más comentarios.

Massimo Cacciari, el filósofo italiano que se dedicó a la política municipal y llegó a ser alcalde en Venecia, razona de un modo que evoca muchas páginas de Ortega y Gasset. Viene a concluir que la democracia, al ser la libre elección de los mejores, tiene un ideal aristocrático. Yo corregiría el término y lo sustituiría por noble, es decir por el sujeto que se exige al máximo y persigue exhaustivamente la idea de servicio público. La democracia sería la selección de los mejor preparados y los más nobles. Lo de aristócrata remite a los privilegios de sangre y estirpe, que no están en juego. Un señor puede tener unas cuantas ejecutorias de señorío, si vale otra redundancia, y ser perfectamente innoble. Un plebeyo que sólo exhibe ejecutorias laborales, puede ser un ejemplo de nobleza.

¿Qué pasa cuando se inviste democráticamente a unos sujetos que no son ni de lejos los mejores? ¿Qué sucede cuando un gobernante que llega por los votos a su cargo, deroga las propias instituciones democráticas invocando la inderogable voluntad mayoritaria? Hitler y Mussolini alcanzaron sus puestos por el voto popular y abolieron el voto en nombre del pueblo. Perón respetó los procedimientos electorales, el parlamento y la justicia, pero prohibió mencionar siquiera a los políticos opositores en los medios, clausuró o expropió los periódicos del mismo caso, incendió las sedes de los partidos no peronistas y procesó a muchos de sus dirigentes.

¿Cuáles son los límites del poder democrático? Una concepción liberal dirá que los derechos individuales son anteriores al Estado y no pueden anularse ni siquiera por aplastantes mayorías. A la vez, resulta por lo menos sospechoso que personajes de los últimos años, como Donald Trump y Boris Johnson, Hugo Chávez y Silvio Berlusconi, tuvieran depurada su calidad por el voto popular. Ya Aristóteles señaló que la democracia puede degenerar, como todas las instituciones humanas, en la llamada oclocracia. Consiste en excitar el apoyo de las masas no por medio de ideas ni proyectos políticos concretos sino por exaltaciones afectivas, normalmente explosiones emocionales. Quienes las ejercen son los demagogos. Volvemos a Cacciari: lo innoble de la democracia, lo no democrático alcanzado por los procedimientos democráticos.

La cosa no es tan sencilla como parece. Un demagogo no improvisa sino que estudia sociológicamente la demanda emotiva de tales o cuales sectores sociales. Los líderes populistas no actúan de corazón sino de cabeza, aunque su objetivo no sea activar las cabezas sino los corazones, cuando no otras vísceras. Más de un político desconcertado de la actualidad podría reflexionar sobre el asunto. ¿Por qué se nos demanda una excitación en vez de una solución? ¿Alguien en los Estados Unidos se creyó alguna vez que Trump (como anunció en 2017, al comienzo de su mandato) haría la guerra a la China, expulsaría a once millones de mexicanos y reabriría todas las fábricas clausuradas en Detroit? Los Estados Unidos necesitan el dinero chino para financiar su deuda pública, necesitan la mano de obra barata proveniente de México y necesitan también mantener sus fábricas de automóviles, en gran medida, en tierras de salarios caídos.

Para los populistas, nada de esto importa. Basta con el spot publicitario, la cuenta de tuit o la fugaz charleta de cada día, algo conmovedor, efímero y olvidable. Los medios de nuestros días llegan a cientos de millones, acaso a miles de millones de espectadores. Los demagogos griegos sólo conseguían reunir a puñados de gentes y tenían que ganárselas de a pie y quedando afónicos de tanto gritar. A los de hoy les basta con apretar oportunamente un botón. Y así tenemos estas democracias innobles y, valga la redundancia, democráticas. Cabe recordar otro apotegma –una palabra favorita de Perón– esta vez de Winston Churchill: la democracia es el peor sistema de gobierno, excluidos todos los demás. Lo dijo tras ganar una guerra mundial y perder las elecciones.

Imagen superior: Pixabay.

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Blas Matamoro

Blas Matamoro

Ensayista, crítico literario y musical, traductor y novelista. Nació en Buenos Aires y reside en Madrid desde 1976. Ha sido corresponsal de "La Opinión" y "La Razón" (Buenos Aires), "Cuadernos Noventa" (Barcelona) y "Vuelta" (México, bajo la dirección de Octavio Paz). Dirigió la revista "Cuadernos Hispanoamericanos" entre 1996 y 2007, y entre otros muchos libros, es autor de "La ciudad del tango; tango histórico y sociedad" (1969), "Genio y figura de Victoria Ocampo" (1986), "Por el camino de Proust" (1988), "Puesto fronterizo" (2003), Novela familiar: el universo privado del escritor (Premio Málaga de Ensayo, 2010) y Cuerpo y poder. Variaciones sobre las imposturas reales (2012)
En 2010 recibió el Premio ABC Cultural & Ámbito Cultural. En 2018 fue galardonado con el Premio Literario de la Academia Argentina de Letras a la Mejor Obra de Ensayo del trienio 2015-2017, por "Con ritmo de tango. Un diccionario personal de la Argentina". (Fotografía publicada por cortesía de "Scherzo")