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De cuando los franceses vinieron a España a iluminarnos con sus luces y nos afanaron como si no hubiera un mañana

En la decisión de Napoleón Bonaparte de invadir España concurren dos factores. Por un lado, la debilidad de los reyes de España, Carlos IV y María Luisa de Parma, y sus desavenencias y enfrentamientos con el príncipe Fernando por la privanza de Godoy (vamos, que la reina y Godoy mantenían un tórrido romance). Por otra parte, la ambición de Napoleón tras sus victorias en Austria y Prusia y su acuerdo con el zar Alejandro I.

Durante los seis años que duró la ocupación francesa, España sufrió un expolio incalculable en su patrimonio artístico. Se incendiaron bibliotecas, iglesias, conventos y archivos de los que previamente habían sido robados los objetos de valor. Desaparecieron candelabros, cruces, cálices, patenas, retablos, coronas, alfombras, incensarios, tallas, custodias, libros y campanas. Miles de objetos que acabaron en los petates de los soldados franceses o en los hornos de fundición para ser transformados en lingotes. Se raspaban incluso los retablos para obtener pan de oro para a continuación, usar aquellos como combustible para hacer fuego.

Muchas iglesias, palacios y monasterios sufrieron asimismo graves daños debido a los asedios. Algunos fueron demolidos por formar parte del sistema defensivo de las ciudades, como ocurrió en Zaragoza, Gerona o Cádiz. Otros fueron saqueados en actos vandálicos.

Pero este expolio no sólo fue perpetrado por soldados rasos en busca de un botín fácil, ya que todos participaron del mismo sin importar que puesto ocuparan en el escalafón militar.

Tras la derrota de Bailén en julio de 1808, Napoleón toma Madrid y la Junta Central tiene que trasladarse a Sevilla. A principios de 1810 la ciudad es ocupada por un contingente francés al mando del mariscal Jean-de-Dieu Soult. El duque de Dalmacia encontró en Sevilla una ciudad repleta de tesoros artísticos al alcance de la mano (de la suya). Pero Soult no se conformó con las obras requisadas oficialmente a iglesias y conventos, sino que comenzó a visitar las mansiones sevillanas, y cuando encontraba una pintura de su agrado, hacía una oferta de compra al propietario por una suma ridícula que obviamente, aquél no podía rechazar.

La siguiente anécdota, recogida por varios autores, retrata a este arrogante y codicioso personaje. Algunos años después de haber terminado la guerra, Soult mostraba en su residencia su colección privada de pinturas a un amigo. Señalando un Murillo, explicó que el cuadro tenía un valor añadido puesto que había salvado dos vidas. Su criado explicó más tarde al sorprendido visitante que el duque de Dalmacia había amenazado al matrimonio a quien pertenecía la obra con fusilarles si no accedían a “vendérsela”.

Así se formó la colección Soult, subastada tras su muerte y que incluía un centenar de obras de Murillo, Zurbarán, Tiziano, Velázquez, Alonso Cano, Ribera o Van Dyck.

Sevilla fue también el campo de actuación de un marchante de arte poco escrupuloso a quien José I nombró director de Bellas Artes: Frédéric Quilliet. Este debía enviar al Museo de Pinturas “las obras de los conventos suprimidos o de que pueda disponer el gobierno”.

Quilliet, que conocía Sevilla donde ya había hecho negocios anteriormente, reunió en el Real Alcázar todas las obras que despertaron su interés, novecientas noventa y nueve en total. Unas fueron a parar al Museo de Pinturas, otras al Museo Napoleón, otras desaparecieron en el circuito de arte clandestino y muchas acabaron en manos de Soult.

Otro militar que destacó en esta rapiña fue el general Dupont. Entró en Córdoba al mando de diez mil hombres que desvalijaron literalmente la ciudad, sobre todo las iglesias y los monasterios. De las Casas Consistoriales obtuvieron diez millones de reales y del Palacio Episcopal, dos millones y medio más. Fueron necesarios ochocientos carros para llevarse tan copioso botín.

Dupont salió de Córdoba con cinco millones de reales, once kilos de perlas y un pectoral del obispo de Jaén. Es fácil comprender por qué Dupont tuvo que capitular ante el general Castaños en la batalla de Bailén, ya que el botín de Córdoba dificultó en gran medida la marcha de su ejército, que no pudo abrirse paso al tener que transportar una carga tan pesada (en concreto, 800 carros).

Imagen superior: «Abraham y los tres ángeles» (1667), de Murillo, hoy en la Galería Nacional de Canadá (Ottawa).

Fueron muchos los que se comportaron de una manera similar. El general Mathieu de Faviers, que como Soult sentía debilidad por los Murillos, se llevó varios lienzos a Francia. Uno de ellos fue “La muerte de Santa Clara”; hoy en Dresde.

Sebastiani entró en Murcia no dejando títere con cabeza. A pesar de su pronunciada hispanofobia, de los más de doscientos cuadros que se llevó, sólo nueve eran de maestros extranjeros. Por si fuera poco, Godoy le regaló “Santo Tomás de Villanueva niño repartiendo sus ropas”, de Murillo, hoy en el Museo de Arte de Cincinnati.

Murat robó, entre otros objetos, los cuadros de maestros italianos y flamencos que decoraban el palacio de Godoy.

Chochart, pagador general del ejército francés, se hizo con ciento once lienzos de pintores españoles y flamencos.

Y por supuesto, debemos incluir en esta lista al rey José I, que salió tras la derrota para Francia con centenares de furgones cargados con las obras de arte del Palacio Real de Madrid. El convoy fue interceptado en Vitoria y una parte del botín fue confiscado por el general Wellington. Este escribió al duque de Fernán Núñez para que mediara en la devolución de las obras, pero Fernando VII dispuso que se quedara con ellas (olé).

En la actualidad, las obras regaladas a Wellington forman el núcleo principal de la colección Wellington en Aspley House. Más de cien cuadros de Ribera, Murillo, Zurbarán o Tiziano. De ellos podemos citar “El aguador de Sevilla”, de Velázquez, “San Francisco recibiendo los estigmas”, de Murillo, o “San Juan Bautista”, de Ribera.

Imagen superior: «La muerte de santa Clara» (1646), de Murillo, expuesto en la Galería de Pinturas de los Maestros Antiguos, de Dresde.

Finalizada la Guerra de Independencia, fueron muy pocas las obras recuperadas. En 1814, el embajador Pedro Gómez fue designado por el gobierno español para reclamar las obras de arte, manuscritos y documentos que habían salido de España. No solo no se recuperaron los objetos sustraídos, sino que Gómez tuvo que aceptar el hecho de recibir el valor monetario de los pocos que entraron a debate. Tampoco en el Congreso de Viena España obtuvo un importante rédito político o territorial, dicho sea de paso.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.