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Christopher Reeve: la actitud de un superhéroe

Este hombre fue el verdadero Superman, no solo por haber encarnado su mejor versión cinematográfica en 1978, sino por su actitud vital cuando la tragedia llamó a su puerta.

De joven me fascinaba y quería ser como el. Me puse a hacer ejercicio como un mulo para desarrollar sus músculos. Toda mi generación lo admiró en cierto grado. Reeve era la pera: alto (1’93 metros), guapo, fuerte, y sobre todo, noble y poco chulesco. Lo tenía todo.

Intentó durante años escapar del personaje de superhéroe y lo logró con algunas verdaderas maravillas como En algún lugar del tiempo (Somewhere in Time, 1980), de Jeannot Szwarc, preciosa adaptación de la novela de Richard Matheson, con una de las mejores bandas sonoras de la historia, obra de John Barry. O Lo que queda del día (The Remains of the Day, 1993), de James Ivory, inspirada en el libro de Kazuo Ishiguro, donde Reeve actúa en un papel secundario pero muy significativo.

No tuvo muchos más títulos destacados: El reportero de la calle 42 (Street Smart, 1987), de Jerry Schatzberg, Las bostonianas (The Bostonians, 1984), también de Ivory, La trampa de la muerte (Deathtrap, 1982), de Sidney Lumet, Monseñor (Monsignor, 1982), de Frank Perry, El pueblo de los malditos (Village of the Damned, 1995), de John Carpenter

En realidad, cuando se piensa en él, lo primero que aflora es el Hombre de Acero. En cualquier caso, no esta nada mal ser inmortalizado como superhombre.

Su verdadera fortaleza pudimos verla tras el accidente de equitación que en 1995 le dejó totalmente paralizado (necesitó un respirador artificial). Nunca se rindió y durante años luchó contra la peor tortura que soy capaz de imaginar: la inmovilidad absoluta. Reeve había sido activista por los derechos de los discapacitados, antes de su propio accidente. Lo recuerdo en sus apariciones públicas, mirando a las cámaras desde su silla medicalizada, con aquella amplia sonrisa que se reflejaba no tanto en su boca cuanto en sus ojos. Sonreía de verdad, con la luz de la autenticidad.

En 2018, Matthew Reeve, hijo del actor, recordaba en una entrevista cuál fue la actitud de su padre tras el accidente: «Sabíamos que su vida estaba en peligro, así que fuimos a verlo de inmediato. Su lesión era de las más severas, estaba tetrapléjico, necesitaba respiración asistida y cuidados las 24 horas. Cuando sufrió el accidente, le dijeron: ‘Esta es tu silla de ruedas, acostúmbrate a ella. No volverás a recuperar el movimiento’. Nadie a quien le ocurra eso mismo hoy en día debería escuchar esas palabras, porque no son verdad. Entonces no se creía que una lesión de este tipo tuviera cura, pero mi padre tenía esperanza y trabajó arduamente para recaudar fondos para la investigación [a través de la Fundación Christopher y Dana Reeve]. Al principio, estuvo deprimido, [el accidente] lo golpeó muy fuerte porque él solía ser un hombre muy activo. Sin embargo, él eligió utilizar lo que le había pasado para ponerle cara a un campo de investigación y a una comunidad que no le interesaba demasiado tener una voz pública, lo que trajo mayor conciencia sobre el tema. Él mantuvo su magnetismo. Era encantador, gracioso y activo socialmente. Nunca dejó de pelear para conseguir fondos para la investigación. Solía decir: ‘Queremos encontrar una cura, así que hagámoslo’. Creo que solo es cuestión de tiempo antes de que terapias como la estimulación epidural se conviertan en la práctica estándar para las lesiones de columna y que los pacientes como mi padre puedan volver a caminar» (The Daily Mail / El País, noviembre de 2018).

Aún me emociona recordar aquel supremo esfuerzo para transmitir esperanza a otros en su misma terrible coyuntura, pues no me cabe duda de que Superman quería decirnos que, incluso atravesado por una espada de kryptonita, sería capaz de alzar de nuevo el vuelo. Y así lo hizo un 10 de octubre de 2004, con apenas 52 años.

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Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).