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«Centurión» (Neil Marshall, 2010)

Como reza en su cartel promocional, «La historia se escribe con sangre». Y es que más que un violento peplumCenturión (Centurion, 2010) es una película de terror en toda regla. No en vano ha sido escrita y dirigida por el británico Neil Marshall, autor de cintas del género como Dog Soldiers (2002) y The Descent (2005), entusiasta confeso del cine de serie B y devoto seguidor de la obra de John Carpenter.

Centurión parte, al menos en primera instancia, de un hecho histórico, la desaparición de la Novena Legión en las peligrosas tierras de Britania en el 120 d.C., un misterioso acontecimiento que también ha inspirado dos filmes recientes, el fantasioso La última legión (The Last Legion, Doug Lefler, 2007) –lastimoso intento de revitalizar el peplum– y La Legión del Águila (The Eagle, Kevin Macdonald, 2011) –olvidable adaptación de la novela de Rosemary Sutcliff–. Claro que en su interpretación del pasado, Marshall se aleja diametralmente del cine «de romanos» y elabora una historia a caballo entre el gore y el pulp más irredento que desdeña cualquier tipo de rigor histórico.

Protagonizada por un potente Michael Fassbender, la película narra los padecimientos de su personaje Quintus Dias, un centurión capturado por los pictos que consigue escapar y unirse a la Novena Legión. Esta, dirigida por el bravo general Titus Flavius Virilus (Dominic West), tiene como misión adentrarse en las brumosas y desconocidas tierras del norte para combatir a las sanguinarias tribus pictas que allí habitan, para lo que cuenta con la ayuda de una guía llamada Etain (Olga Kurylenko).

Pero cuando se hallan inmersos en territorio hostil, los legionarios sufren una emboscada que pronto desemboca en masacre. Quintus y un pequeño grupo de supervivientes deberán hacer lo posible por mantenerse con vida.

Si bien carece de componentes sobrenaturales, Centurión se erige como una indiscutible muestra de «fantasía heroica», un subgénero principalmente literario también llamado «de espada y brujería». Amigo de amalgamar géneros diversos, Marshall aprovecha algunos escenarios típicos como la casa de la bruja, pero sin duda donde las huellas de este subgénero son más evidentes es en el retrato de Etain, una hermosa a la par que implacable guerrera apodada «mujer-lobo» (She-wolf), dotada de una fuerza y una resistencia sobrehumanas. El mismo cartel de la película remite a la obra de uno de los padres de la «fantasía heroica», el escritor Robert E. Howard; las similitudes con la impresionante ilustración al óleo realizada por Frank Frazetta para la portada del libro Conan el destructor –sin duda, el personaje más famoso salido de la pluma del escritor texano, con una existencia autónoma en el universo del cómic– son obvias.

En varios de sus relatos –algunos de marcados tintes terroríficos–, Howard pergeñó un pueblo picto legendario, extremadamente feroz y belicoso, que lo mismo luchaba incansablemente contra los (históricos) invasores romanos que se enfrentaba a muerte a otros enemigos fabulosos, como por ejemplo el mismísimo Conan el cimmerio. Neil Marshall efectúa una semblanza igualmente mítica del pueblo picto, que tiene equivalentes simbólicos en otras piezas anteriores de su filmografía: los atávicos hombres-lobo que viven en los sombríos páramos escoceses retratados en Dog Soldiers y los Merodeadores de la post-apocalíptica Doomsday: El día del juicio (Doomsday, 2008), que sobreviven aislados tras una versión futurista del muro de Adriano en una Escocia puesta en cuarentena.
Centurión muestra huellas palpables –al igual que el resto de la obra de su director– del pantanoso body count La presa (Southern Comfort, Walter Hill, 1981) y de filmes como Defensa (Deliverance, John Boorman, 1972), que bebían del western más desmitificador para ofrecer una visión oscura, distorsionada y perturbadora de la antaño gloriosa tierra de los pioneros. La América profunda, refugio de outsiders y losers del más variado pelaje, es un escenario rural al que también miraron directores como Wes Craven o Tobe Hooper para dar a luz películas de terror como Las colinas tienen ojos (The Hills Have Eyes, 1977) o La matanza de Texas (The Texas Chain Saw Massacre, 1974), muestras influyentes del american gothic que hurgaban en la trastienda del sueño americano, sacando a la luz sus miserias más inconfesables.

Renegando del fantasioso y abigarrado heroísmo del peplumCenturión se adentra de lleno en los territorios del cine de terror, buscando una estética realista y sucia acorde con la dureza de las pruebas a las que son sometidos los actores protagonistas en su desesperada lucha por la supervivencia. Marshall trastoca los escenarios rurales propios del gótico americano por las inhóspitas tierras escocesas, pobladas por pueblos hostiles y aislados que, en el fondo, no hacen sino defenderse del invasor. Haciendo gala de un desconocimiento casi insultante del medio en el que se hallan inmersos, los civilizados romanos de Centurión (que no por ello pacíficos) serán perseguidos y cazados implacablemente por los nativos pictos del mismo modo que los soldados de Dog Soldiers y las turistas de The Descent sufrirán la ira de los bestiales lugareños. Un choque simbólico entre “civilización” y “salvajismo” en el que nada está claro, pues los intrusos urbanitas también son, pese a sus aires civilizados, capaces de las mayores atrocidades.

Copyright del artículo © Lola Clemente Fernández. Reservados todos los derechos.

Copyright de las imágenes © Pathé Productions, Celador Films, UK Film Council, Ciné-Cinéma, Canal+ y Warner Bros. Cortesía de Aurum. Reservados todos los derechos.

Mª Dolores Clemente Fernández

Mª Dolores Clemente Fernández

Mª Dolores Clemente Fernández es licenciada en Bellas Artes y doctora en Comunicación Audiovisual por la Universidad Complutense de Madrid con la tesis “El héroe en el género del western. América vista por sí misma”, con la que obtuvo el premio extraordinario de doctorado. Ha publicado diversos artículos sobre cine en revistas académicas y divulgativas. Es autora del libro "El héroe del western. América vista por sí misma" (Prólogo de Eduardo Torres-Dulce. Editorial Complutense, 2009). También ha colaborado con el capítulo “James FenimoreCooper y los nativos de Norteamérica. Génesis y transformación de un estereotipo” en el libro "Entre textos e imágenes. Representaciones antropológicas de la América indígena" (CSIC, 2009), de Juan J. R. Villarías Robles, Fermín del Pino Díaz y Pascal Riviale (Eds.). Actualmente ejerce como profesora e investigadora en la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR).