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Censores, ofendidos y otras malas hierbas

«Los hijos ‒decía Sócrates‒ son ahora tiranos. Ya no se ponen de pie cuando entra un anciano a la habitación. Contradicen a sus padres, charlan ante las visitas, engullen golosinas en la mesa, cruzan las piernas y tiranizan a sus maestros”.

Está claro que, al llegar una cierta edad, todos empezamos a repetir frases similares. Pensamos en las palabras de Sócrates y sonreímos. «En el fondo ‒nos decimos‒, ahora sí que es verdad. Los niños de ahora, alimentados con violencia y sexo a todas horas, ya no tienen remedio».

No me malinterpreten, si yo tuviera hijos, intentaría mantenerlos alejados de internet como si fuera la peste. Un sitio en el que es tan sencillo ver vídeos reales de ejecuciones ‒y mil espantos más‒ no me parece el mejor destino. Pero también hay que tener en cuenta que los niños no son tan vulnerables como creemos. Disponen de criterio propio y su curiosidad morbosa tampoco es algo insano, siempre y cuando encuentre los cauces adecuados para desarrollarse. En caso contrario, más que traumatizarse, lo que les sucederá es que su empatía se va a atrofiar, y este sí que es un problema creciente en el mundo actual.

Como iremos viendo, en nuestras sociedades hace tiempo que se impuso la persecución de las novedades amenazantes, con la disculpa inicial de proteger y educar a los menores.

Cuando determinado grupo las considera una herejía, también se pide el control y censura de las herencias del pasado. Por lo general, es una actitud que se ampara en ciertos principios o fundamentos morales, y por otro lado, en una supuesta superioridad intelectual.

En la actualidad, con tanta gente ofendida por casi todo, esta hostilidad frente a la libre expresión va haciéndose cada vez más habitual. Por desgracia, sus primeras víctimas son precisamente esos niños a quienes queremos obligar a ver la realidad de una determinada manera, alejando de ellos cualquier referencia incómoda.

Fíjense en las bienintencionadas asociaciones de padres: esas que siempre están tratando de prohibir cosas en principio dañinas para la chavalería, pero que casi siempre suelen actuar como una panda de aguafiestas despistados, politizados y vociferantes. ¿El resultado? Lecturas infantiles tan aligeradas y puestas al día que carecen de cualquier mensaje profundo. Hace no mucho me quedé pasmado ante unos libros de cuentos versión Disney donde se había eliminado todo tipo de conflicto. A Blancanieves nadie la quería matar y lo único que sucedía en el relato era que la chiquilla conocía a unos simpáticos enanos y lo pasaba bien con los animalillos del bosque. Fin (Juro que lo leí, no lo he imaginado).

Antes del siglo XX, este tipo de adaptaciones puritanas hubiera sido imposible. En aquel contexto histórico, la vida era infinitamente más dura. Lo normal era morir joven y que por el camino te sucedieran cosas horripilantes. De ahí que los cuentos clásicos fueran terroríficos. Quienes hoy los consideran un inocente divertimento, desconocen a los auténticos Grimm, Andersen o Perrault, o solo han accedido las versiones recortadas y censuradas que solíamos leer de pequeños.

El infanticidio, el canibalismo, los crímenes y las conductas perturbadas eran lo habitual en esos relatos, escritos como guía de prevención de riesgos para los infantes en un mundo hostil. Ya en el siglo XX, Disney y otros como él se encargaron de distorsionar ese acervo literario, y por eso ahora nos encontramos con que la protagonista de La Sirenita acaba feliz, casada, vivita y casi coleando.

Los guardianes de la moral siempre tratarán de rechazar todo aquello que burle sus códigos. De ahí que, a partir del siglo XX,  molestar a las mentes más severas y bienpensantes haya promovido, a veces sin pretenderlo, una lucha contra la hipocresía y a favor de la libertad. Una lucha involuntaria, y no siempre de buen gusto, pero finalmente sana para el desarrollo cultural y anímico de la especie.

Sucede una y otra vez. Lo que en el pasado era escandaloso acaba formando parte de la cultura canónica. ¿A alguien se le ocurriría señalar que algo tan ligado a la alta cultura como el jazz es “música de salvajes”? Pues no hace tanto tiempo, a mediados de los años 20, se podía leer esa barbaridad en el New York Times.

Más o menos lo mismo ha pasado con la novela negra. Antes de ser alabada como género literario –retrocedamos a las primeras décadas del siglo XX‒, era poco más que basura de usar y tirar, publicada en revistas baratas. Los autores, mal pagados, escribían con seudónimo. Y por supuesto, ninguno de ellos podía imaginar que, décadas más tarde, Hammett o Chandler serían elogiados como clásicos imprescindibles.

Lo mismo ocurre con la ciencia-ficción, el terror o los cómics. En nuestros días, hasta los lectorses más exquisitos han abierto su mente, pero en su momento, las publicaciones dedicadas a estos asuntos tenían el mismo valor que el papel de envolver pescado.

Actualmente, LovecraftRobert E. Howard o Edgar Rice Burroughs tienen legiones de fans, y sus creaciones influyen en diversos ámbitos culturales. De hecho, sus obras son objeto de estudio y análisis. Sin embargo, en los años veinte, estos autores se podían dar con un canto en los dientes si cobraban lo suficiente para comer.

El proceso, como ven, se repite. Surge una nueva expresión cultural, se populariza, genera rechazo, y al cabo del tiempo, pasa a formar parte de un canon aceptado universalmente. Pensemos, por ejemplo, en el rock & roll: aquellos movimientos pélvicos de Elvis y esas canciones con sugerencias sexuales… El rock terminó triunfando, y los inquisidores de aquellos días ‒tanto los elitistas como los puritanos‒ fueron humillados por la Historia.

Si la cultura es un hecho aristocrático, «la mera idea de una cultura compartida por todos ‒escribía Umberto Eco en Apocalípticos en integrados‒, producida de un modo que se adapte a todos, y elaborada a medida de todos, es un contrasentido monstruoso. La cultura de masas es la anticultura. (…) En contraste, tenemos la reacción optimista del integrado. Dado que la televisión, los periódicos, la radio, el cine, las historietas, la novela popular (…) ponen hoy en día todos los bienes culturales a disposición de todos, haciendo amable y liviana la absorción de nociones y la recepción de información, estamos viviendo una época de ampliación del campo cultural (…) Mientras los apocalípticos sobreviven precisamente elaborando teorías sobre la decadencia, los integrados raramente teorizan, sino que prefieren actuar, producir, emitir cotidianamente sus mensajes a todos los niveles».

Como ven, ese espíritu elitista y censor que nos acompaña desde hace décadas coincide con la actitud del apocalíptico, incapaz de aceptar aquello que no encaja en sus prejuicios. Sin embargo, lo que en un determinado momento parece contracultura, deja de serlo en cuando la sociedad descubre su valor.

Ahí va otro ejemplo: desde finales de los años 30, la lectura de cómics se había convertido en una de las actividades más populares entre los niños. Superhéroes, hazañas bélicas, detectives y vaqueros alimentaban sus inquietudes con un entretenimiento directo y emociones fuertes. De igual forma, la ciencia-ficción y el terror de editoriales como EC triunfaban en la década de los 50. ¿Su receta? Monstruos alienígenas, mutaciones radiactivas e historias macabras llenas de humor negro y muertes grotescas.

Leídas hoy, estas historietas son una deliciosa combinación de ingenuidad y momentos perturbadores, pero inofensivos. No pensaba así el psiquiatra Fredric Wertham, que se sumó a otros cazadores de brujas con su libro La seducción de los inocentes (Seduction of the Innocent, 1954). Wertham, cuya primera etapa profesional tiene aspectos positivos ‒cuando era un tabú hacerlo, en su clínica atendía a pacientes afroamericanos sin recursos‒, ha pasado la posteridad como un enemigo irracional de los cómics.

Convencido de que la imaginería violenta de los tebeos podía convertir a los niños en delincuentes inadaptados, encendió con sus ideas a una sociedad predispuesta a la ofensa y el escándalo. El extendido cliché de la homosexualidad de Batman era sólo una parte de las sandeces que escribió el buen doctor en su libro. Un texto que llevó finalmente a la prohibición de los cómics de EC y a la instauración del Comic Code, una suerte de censura que afectó al noveno arte estadounidense durante varias décadas.

Pasados los años, fueron creciendo aquellos críos que compraban las historietas de EC. ¿Y saben qué ocurrió con ellos? Niños aficionados a esas viñetas, como Stephen KingJoe Dante y Steven Spielberg, reivindicaron los mismos tebeos en el plano artístico. De hecho, hoy en día, son considerados auténticos clásicos y gozan de continuas revisiones. Sus autores son admirados, mientras que el nombre de  Wertham figura en todas las listas de Grandes Cretinos de la Historia.

Algo similar pasó en 1962 con una colección de cromos tan brutal como adorable: Mars Attacks. Por entonces, la editorial Topps (una de las más importantes en cuanto a cromos y chuches se refiere), pensó en llevar un poco más allá sus colecciones bélicas –repletas de destrucción y morbo, con excusas educativas‒, ofreciendo su propia versión de La Guerra de los Mundos.

Mars Attacks narraba una sádica invasión de hombrecillos de Marte a nuestro planeta. En los cromos, los marcianos desintegraban soldados, transeúntes y hasta mascotas. Todo ello en estampas de gran colorido y expresividad, fruto del trabajo, entre otros, de Wally Wood y Norman Saunders. Por si fuera poco, los alienígenas aumentaban de tamaño a los insectos, que procedían a comerse a los humanos con fruición. Finalmente, los soldados americanos invadían Marte para dar su merecido a los extraterrestres.

La colección no tardó en ser eliminada a causa de las protestas de los indignados de siempre. El mayor responsable de estos cromos, Len Brown, en el prólogo de Mars Attacks50th Anniversary Collection (2012), cuenta que les llovieron las cartas de reprobación, algunas de colegios, presuntamente escritas por los alumnos. En estas misivas, los niños pedían que retiraran los cromos y les dieran algo más educativo en su lugar. Una de las cartas, sin embargo, añadía al final: “Nos encantan sus cromos. Es la profesora la que nos obliga a escribir esto”.

Con el tiempo, Mars Attacks mereció reediciones. Aparecieron nuevas tiradas, cómics, todo tipo de merchandising y una exitosa adaptación/homenaje/parodia que rodó Tim Burton. ¿Y a qué paradoja nos lleva todo esto? Si no hubiera sido pisoteada por los defensores de la moral, Mars Attacks quizá habría sido ya olvidada.

En 1985, el perspicaz Len Brown no dejó escapar la oportunidad de otra polémica, y lanzó una colección tan repulsiva como mediática: su parodia de Las Muñecas Repollo (Cabbage Patch Kids) titulada La Pandilla Basura (Garbage Pail Kids). Las famosas estampitas eran toda una colección de mocos, ventosidades, deformaciones físicas y todo eso que apasiona a los niños de 8 a 10 años… y horripila a sus padres.

Por supuesto, la colección recibió infinidad de críticas, a pesar de lo cual, fue un éxito inmediato y hasta tuvo su propia película en 1987. Hoy en día es un auténtico icono de aquella década y sus coleccionistas mueven una cantidad de dinero espectacular.

¿Quieren más ejemplos? En su momento, hubo quien habló de prohibir Los Simpson (1989). En efecto: la misma serie que ahora consideramos una institución y uno de los mejores ejemplos de comedia televisiva inteligente.

Tras años de controversia, los videojuegos también se encuentran en proceso de reivindicación cultural. Por fin, casi todo el mundo se da cuenta de que existe una calificación por edades, escrita de manera bien clara en las cajas. Pero no dejan de surgir reclamaciones ante cualquier contenido violento, sexual o perturbador, y muchos recordamos las polémicas a raíz de títulos como Carmageddon o Mortal Kombat.

Imagen superior: Wes Mountain/The Conversation, CC BY-ND

Desgraciadamente, la cultura del victimismo y la radical polarización de las redes sociales ‒algo que no solo afecta a la política, sino al conjunto de la cultura‒, aún lleva a muchos a estigmatizar aquello que no les agrada o no entienden. Así, nuevas corrientes censoras van surgiendo en el horizonte, y amenazan con imponer su hegemonía, como un mecanismo purificador. A los cruzados de toda la vida se les han unido sus enemigos progresistas, capaces de ver machismo y racismo por doquier.

Compitiendo por el mismo espacio ‒el puritanismo‒, estos nuevos inquisidores de izquierdas caen en los mismos errores, y al igual que sus antecesores, se dejan guiar por la ignorancia y la falta de perspectiva. De ahí que proliferen quejas como esta: “El nosecuántos % de los cómics y los videojuegos contienen violencia de género, según un estudio de la Universidad de la Chimbamba”. Ese tipo de cosas, ya saben…

Como casi siempre, es más fácil prohibir y demonizar lo que hacen otros que dedicar tiempo a la educación (real), tanto de los hijos como de uno mismo.

¿Un antídoto? Para empezar, madurez y espíritu crítico, tal y como escribió Diderot en la Enciclopedia. Así pues, seamos como el filósofo «que deja de lado el prejuicio, la tradición, lo antiguo, el consenso universal y la autoridad ‒en pocas palabras, todo lo que subyuga el entendimiento‒ y se atreve a pensar por sí mismo”.

Imagen superior: referencia de Art Spiegelman al Dr. Wertham en un cómic de 2004: «No Kidding, Kids…. Remember Childhood? Well.. forget it!»

Copyright del artículo © Vicente Díaz. Reservados todos los derechos.

Vicente Díaz

Vicente Díaz

Licenciado en Comunicación Audiovisual por la Universidad Europea de Madrid, ha desarrollado su carrera profesional como periodista y crítico de cine en distintos medios. Entre sus especialidades figuran la historia del cómic y la cultura pop. Es coautor de los libros "2001: Una Odisea del Espacio. El libro del 50 aniversario" (2018), "El universo de Howard Hawks" (2018), "La diligencia. El libro del 80 aniversario" (2019), "Con la muerte en los talones. El libro del 60 aniversario" (2019) y "Alien. El 8º pasajero. El libro del 40 aniversario" (2019).