Cualia.es

Apuntes sobre el debate entre fe y razón

El debate sobre la posible conjugación entre la fe y la razón no es algo novedoso, y se ha abordado tanto desde la filosofía como desde la teología, surgiendo así distintas posturas sobre dicha cuestión.

Algunos pensadores han considerado la fe como un impedimento para el desarrollo total de la razón, ya que la fe se muestra como algo que ciega e imposibilita la autonomía de la razón humana. Por otro lado, de forma totalmente opuesta, ha habido pensadores que han comprendido la fe como aquello más excelso y fundamental, dejando a la razón completamente apartada e infravalorada.

Pero también existen posturas filosófico-teológicas en las que razón y fe se necesitan mutuamente, y en las que, por ende, se hallan en la misma situación de importancia.

En este artículo defenderemos esta posición. A saber: razón y fe no pueden permanecer separadas o ser antagónicas, sino que deben operar conjuntamente en esta infinita búsqueda del conocimiento de la verdad (ya sea esta teológica o filosófica).

La cuestión en torno a la compatibilidad de la fe y la razón no es poca cosa. Muy al contrario, ha abarcado durante mucho tiempo los diálogos de los más importantes pensadores. Desde que en la tardía edad media y principios de la modernidad empieza a surgir la necesidad de una razón autónoma, capaz de conocer por ella misma y completamente libre de todo dogma e imposición no demostrada, parece como si a la razón ya no le hiciera falta la fe.

Veremos que esto, es sin duda, un disparate. La razón necesita la fe, vaya si la necesita. Tanto que hoy en día nos hemos dado cuenta de que todas las pretensiones racionales de la modernidad han quedado desvanecidas en el aire y, cabizbajos, reconocemos que debemos volver a los escolásticos porque andamos perdidos con tanta razón y tan poca fe. Hemos querido conseguir una razón tan autónoma que incluso hemos perdido la fe en que esto sea posible. No olvidemos que, cualquier proyecto o pretensión de elevar la razón a lo más alto es un proyecto de fe, una creencia, ya que en el fondo late lo siguiente: “creo que la razón va a ser capaz de comprender todo lo que se presente ante ella”. Sin duda, no es fácil (por no decir imposible) desligarse absolutamente de la fe.

La cuestión de la conjunción entre fe y razón

Me gustaría comenzar con una breve exposición de la concepción griega de Dios, ya que se trata de un claro ejemplo del predominio de la razón por encima de la fe. En el hombre hay un fuerte deseo de conocer aquello que le rodea, de desvelar los principios que sostienen el movimiento de la naturaleza. Los griegos se vieron envueltos en una completa fascinación de todo aquello que les rodeaba, surgiendo así la necesidad de preguntarse el “por qué” de las cosas y, por ende, aportar argumentos racionales ante los múltiples interrogantes. De todos ellos, el más fundamental siempre fue el ser (qué es ser, por qué hay algo y no más bien nada), y eso les llevó a un uso excelso de la razón, potenciándola hasta sus máximas posibilidades.

En cuanto a Dios, su concepción es la de un primer motor inmóvil que mueve sin ser movido por nada. Es el principio de los principios y gracias a él hay vida. Este primer motor inmóvil es puro acto, pura intelección. El hombre, que desea asemejarse a esta perfección, deberá llevar una vida contemplativa, ésta le hará posible el conocimiento de la verdad.

Lo más excelso se halla en la trascendencia. Si la trascendencia es lo más perfecto, lo más excelso, debe ser imposible que un pensador griego acepte la cruz. Supondría ir profundamente en contra de los postulados de la razón. Claro que a los griegos les faltó la fe para poderlo comprender. La cruz jamás poseerá sentido para un pensador griego.

Esta concepción llevó al pueblo griego a mantenerse, mayoritariamente, en una fuerte oposición al cristianismo que basaba su conocimiento de Dios, principalmente, en la fe. Pero la fe del cristianismo no es una fe del carbonero, sino una fe que es el término medio entre la obediencia ciega a la Ley de Dios (que llevó a la muerte al mismo Dios) y la confianza absoluta entre la razón; fe que se ve representada en la encarnación, la muerte de Jesús y la parusía del Reino de Dios (elementos de los que ya hemos hablado anteriormente).

¿Qué significa esto? Bien, que Jesús sea Hijo de Dios, Verbo encarnado, Dios salvador, debe entenderse como la posibilidad del hombre de unirse con Dios. Eso sí, es necesario destacar que el hombre no es Dios (ni en medida alguna puede llegar a serlo). Nuestra comprensión del mundo es finita, limitada y falible. En Dios, por el contrario, todo es en acto: conoce de forma absolutamente verdadera. Así pues, todo nuestro conocimiento, incluso el conocimiento que obtenemos de las Sagradas Escrituras, deberá ser siempre revisado (de ahí la esencialidad de la exégesis bíblica cuando hablamos de las Verdades Reveladas).

Podemos comprender a Dios, pero siempre de una forma parcial. De ahí la necesidad de hacer uso tanto de la razón como de la fe. En esta comprensión (parcial) que podemos tener de Dios y del fruto de su creación (el mundo), los cristianos debemos poner en consonancia la fe y la razón, tal y como Pablo ya predicó en su momento.

No podemos guiarnos tan sólo por la fe. Esta quedaría coja sin una argumentación que la sostuviera. Los cristianos debemos argumentar nuestras creencias; debemos argumentar, a través de la comprensión racional de los pasajes bíblicos, cuál fue el mensaje de Dios. Y no sólo eso: si queremos comprender la creación de Dios, debemos ir más allá de las Sagradas Escrituras; debemos comprender de forma racional la naturaleza porque, de este modo, desvelaremos las huellas de Dios.

Dios es el autor de la naturaleza y en ella deja su signatura (como un artista que firma su obra). Mediante la razón el hombre podrá ser capaz de descubrir la obra de Dios y, por ende, a Él mismo. Esto, que los griegos tenían bien claro, debe ser aceptado por el cristianismo, pero, a su vez, también debe ser conjugado con la fe. Solo de este modo podremos realizar una teología no dogmática, que sea racional y que no esté sustentada tan sólo en sentimientos y elucubraciones. Es por eso por lo que el cristianismo no puede abandonar la filosofía bajo ningún concepto, sino que deben operar juntas para poder desvelar las verdades de Dios, tanto las físicas como las metafísicas.

El creyente no debe ser llamado a comprender la filosofía como una necedad. Más bien al contrario, ésta debe ser la piedra de toque para poder acceder a Dios de un modo racional y no sustentado en una argumentación puramente sentimental. La filosofía nos libera de una teología irracional.

Tal y como Ratzinger menciona en su libro Introducción al Cristianismo, la comprensión racional «no sólo no se contrapone a la fe, sino que constituye su auténtico contenido. Ya que el saber de lo funcional del mundo, cosa que nos brinda el pensamiento técnico-científico natural, no aporta ninguna comprensión del mundo ni del ser. La comprensión nace exclusivamente de la fe. Por eso, una tarea primordial de la fe cristiana es la teología, discurso comprensible, lógico (rationale, racional-inteligible) de Dios. Aquí radica el derecho inamovible de lo griego en lo cristiano Estoy plenamente convencido de que no fue pura casualidad el que el mensaje cristiano, en su primera configuración, entrase en el mundo griego y que de ahí se mezclase con el problema de la comprensión de la verdad. La fe y la comprensión van tan parejas como la fe y la permanencia, porque permanecer y comprender son inseparables» (1).

Esto es justamente lo que Pablo de Tarso realiza después de su conversión: él está abierto a dialogar con todo aquél que se muestre interesado en oír lo que dice, a saber, el anuncio de la buena noticia sobre Jesús y la resurrección. Para que el mensaje llegara a todos aquellos que lo escuchaban, Pablo decidió empezar a hablar desde la religiosidad de los atenienses.

Pablo comenta que en muchos templos ha visto la inscripción siguiente: “A un dios desconocido” y, a partir de ella, habla de que este dios desconocido no es otro que el dios cristiano. Así pues, Pablo adapta su fe cristiana al mundo griego para que ésta pueda calar en ellos. De este modo podemos comprender que la fe es completamente compatible con la filosofía (nacida y cultivada en Grecia). Si Pablo supo adaptar el mensaje de Dios a la razón griega (aunque ésta no lo acogiera), nada indica que hoy en día no debamos seguir comprendiendo la fe desde el foco de la razón. Así también lo mostró San Agustín con su comprensión platónica del cristianismo, o Santo Tomás al adaptar el mensaje cristiano con las enseñanzas aristotélicas, o incluso Anthony Flew (pensador actual) que considera que su descubrimiento de lo divino ha sido una peregrinación de la razón. No sólo con la fe podemos llegar a Dios y así lo muestran corrientes del pensamiento tales como el ajuste fino.

Para Juan Pablo II, fe y razón conviven juntas dado que ambas son modos de los que el hombre dispone para acceder a una comprensión total de la verdad. Si una de las dos faltase, el ser humano andaría cojo. Si tan sólo conocemos mediante la razón o mediante la fe, muestra comprensión y alcance de la verdad se verá sumamente menguada. Es necesario que ambas entren en juego si el hombre quiere acceder a la verdad de todo lo que le rodea.

Además, Juan Pablo II alerta de la problemática que supone dejarse llevar tan sólo por la razón. Si esto se da, el hombre acaba siendo considerado desde la utilidad que supone para el mundo, es decir, su dignidad es considerada en post del rendimiento y aportación que otorgue a la sociedad y estando convencido que lo único que importa es el dominio de la técnica. Por consiguiente, el hombre no debe olvidar que se trata de un ser que necesita buscar también de lo trascendente; búsqueda que sólo puede darse mediante la fe.

Para Benedicto XVI, razón es creación, es palabra creadora que despeja la maleza de los caminos de la fe, por lo que no puede haber una disociación entre ambas; no pueden competir separadas.

La razón no es sólo experimentación, dice Benedicto XVI, sino que posee más amplitudes que son esencialmente necesarias para recuperar el obrar con profundidad de la fe cristiana.

La verdadera teología es, para Benedicto XVI, aquella que actúa como ciencia y aborda la pregunta por la razón de la fe, por lo tanto, si separamos fe y razón, no hay posibilidad alguna para la teología. Lo divino no debe excluirse de la razón haciendo que la única verdadera sea la razón positivista, ya que el conocimiento debe darse de la mano de las experiencias religiosas.

Debemos, pues, retomar la razón desde otro punto de vista que se distancie del enfoque positivista. Sólo así alzaremos una teología verdadera. Ambos Papas (Juan Pablo II y Benedicto XVI) responden a la antigua llamada de Pablo de poner en consonancia fe y razón. Como puente entre Dios y el Hombre, ambos conservaron bien la intención del mensaje revelado de Dios, mensaje que debe ser comprendido exegéticamente, es decir, aportando argumentos racionales.

Sin embargo, no siempre se ha comprendido la fe conjugada con la razón: autores como Lutero, Schleiermacher o Kierkegaard veían una fuerte incompatibilidad de la fe y la razón.

Centrémonos en Lutero, que es la figura más destacada e importante por protagonizar uno de los mayores cismas del cristianismo: la reivindicación protestante. Pues bien, Lutero consideraba que razón y fe no pueden operar juntas, e incluso dirá de la razón que «es la ramera del diablo, que no sabe hacer más que calumniar y perjudicar cualquier cosa que Dios diga o haga».

Este pensamiento es debido principalmente a la concepción del pecado y la libertad que Lutero sostuvo. Él consideraba que Adán no fue libre al cometer el pecado original, sino que existía en él una necesidad de hacerlo. La libertad (en contra de lo que se postula desde el catolicismo) es una proyección ideal y constituye el mayor enemigo de la justicia y de la salvación. Y si el pecado de Adán (no era libre de no realizarlo) corrompió al hombre y también debió corromper a su razón, que ahora se muestra en todos los hombres ciega ante la verdad.

Esta posición teológica despertó un gran debate en el cristianismo sobre si continuar con la conjunción fe y razón. Aunque después de aquello muchos autores decidieran tomar este cisma como punto de referencia para sus teologías, muchos otros (sobre todo autores católicos) decidieron seguir con las enseñanzas de San Pablo y siguieron teologizando desde la fe y desde la razón.

Un ejemplo más de ello es Demetrio Fernández, obispo de Córdoba, cuando señala que: «Una vía común de conocimiento es la razón. A partir de nuestra experiencia, razonamos, llegamos a conclusiones, percibimos la evidencia o deducimos otros conocimientos. La fe se sitúa a otro nivel, que no contradice la razón. Fe y razón son como dos alas que nos impulsan en el vuelo del conocimiento. La razón no es capaz de llegar hasta donde llega la fe, porque la razón ve con su propia luz, mientras que la fe ve con la luz de Dios. Sin embargo, no entran en conflicto ni contradicción. La fe no es la suma de razonamientos, viene de lo alto. Pero la fe es razonable, no cree porque sí, sino verificando en signos razonables aquello que conoce por la fe. Fe y razón se complementan» (2).

Pero si de alguien debemos hablar en esta cuestión es de Santo Tomás de Aquino. Él es, por antonomasia, el filósofo que mejor ha sabido conjugar fe y razón. El Aquinate comprende que la investigación que realiza la razón no es suficiente para hablar de Dios. Se necesita algo más. A saber: las verdades reveladas (que son comprendidas por la fe).

Sin embargo, para Santo Tomás, la gracia que el hombre recibe para comprender tales verdades, no anula la capacidad de la razón, sino que la complementa y la perfecciona (ya que ella, por si sola, a veces puede incurrir en el error). La razón está subordinada a la fe y, por lo tanto, no puede demostrar lo que a la fe le corresponde, pero tampoco podemos hablar de “fe irracional” en Santo Tomás ya que ésta, puede (y en cierta manera, debe) ser respaldada por la razón.

Este respaldo se manifiesta en la demostración de los preámbulos de la fe: no podemos creer (fe) en lo que Dios ha revelado al hombre si no comprendemos/sabemos (razón) antes que Dios existe. La razón es la encargada de demostrar la existencia de Dios, pero no cómo es Dios. Esto puede verse, sobre todo, en la filosofía, dado que a través de ésta se pueden aclarar las verdades de la fe.

Sin embargo, esto no significa que la razón tan sólo opere si es para realizar “algún servicio” a la fe. Ésta posee también su propia autonomía, pero la verdad de la razón no puede entrar en contradicción con la verdad revelada. Si así sucediera, sería señal de que no estamos operando con la verdad sino con la falsedad (y esta puede ser fruto de muchas cosas). Así pues, aunque la razón tenga su autonomía debe regirse (está siempre reglada) por la fe. Ésta aporta al hombre el recto obrar de la razón.

¿Y cuál es el ámbito de la razón? Bien, la razón tan sólo puede operar si parte del ámbito de lo sensible. Por lo tanto, ya podemos ir adelantando que el conocimiento de Dios deberá partir de lo sensible. Conociendo los entes sensibles (el mundo) podemos llegar a conocer a Dios, que es la causa de estos mismos entes que conocemos. «Mediante la razón natural, el hombre no puede llegar a conocer a Dios si no es a través de las criaturas. Las criaturas conducen al conocimiento de Dios, como el efecto lleva a la causa» (Sum. Theol., I, q. 32, a.1).

Además, Santo Tomás nos dice que la conjugación entre fe y razón implica un doble orden de verdades: las verdades divinas que pueden ser comprendidas por el intelecto y las verdades que no pueden ser accesibles a la razón humana, es decir, verdades que sólo Dios comprende.

Un ejemplo de ello, nos dice Santo Tomás, es que Dios es uno y trino. Esto no puede ser alcanzado por la razón del hombre, pero tampoco significa que el hombre no pueda conocer a Dios en absoluto, ya que puede conocer verdades como la existencia de Dios, su unidad, etc.

Dado que nuestro conocimiento tiene origen en los sentidos, es decir, conoce mediante los sentidos, hay verdades que no pueden ser comprendidos mediante éstos, y que, por lo tanto, se tornan inaccesibles para la razón humana. Pero cabe destacar que no se ha de rechazar sin más, como falso, todo lo que se afirma de Dios, aunque la razón humana no pueda descubrirlo.

No podemos eliminar las verdades sobrenaturales tan sólo porque nuestra razón no sea capaz de acceder a ellas. De nuestra incomprensión no puede derivarse que necesariamente sean falsas, puesto que no podemos medir el grado de veracidad de algo que no conocemos.

Estas verdades sobrenaturales son las verdades reveladas. Pero, ¿qué entendemos por revelación? El teólogo Xavier Melloni, en su libro Dios sin Dios señala que la palabra revelación «remite a la imagen de un velo que se corre, es decir, al hecho de que haya algo que está velado de nievo. El prefijo re- es tanto substractivo como aditivo; es decir, quita el velo y, a la vez, lo reduplica. Abre una manifestación y permite ver, pero dado que la profundidad de Dios es inalcanzable, al mismo tiempo que vemos, no vemos, porque hay mucho más por ver. La revelación es, a la vez, una velación» (3).

Las verdades de la fe nos desocultan un conocimiento al que, con la mera razón, se nos hace imposible llegar.

Con lo que hemos expuesto de Santo Tomás y la definición aportada por Xavier Melloni, podemos decir que las verdades de la fe, aunque inaccesibles en su totalidad (porque sólo Dios sabe quién es) son necesarias porque nos permiten un conocimiento igual de válido que el conocimiento que la razón nos puede dar. De hecho, si queremos conocer a Dios tan sólo por la razón natural (obviando completamente la fe), no haremos más que hablar de un falso Dios.

No será en vano la declaración de Martin Buber cuando señala que «Dios es la palabra más maltratada de todas las palabras humanas. No hay ninguna otra que haya sido tan envilecida, tan troceada. Generaciones humanas han descargado sobre esta palabra todo el peso de sus vidas temerosas, hasta rebajarla a ras del suelo. Ahora yace entre el polvo y soporta la carga de todos ellos› (4).

Y es que no podemos tomar la palabra de Dios a nuestro antojo y modificarla según nos convenga con la excusa de que no la entendemos. Para ello, debemos usar la razón y la fe. Si no, caemos en un falso racionalismo de Dios, o en una fe irracional que obedece ciegamente, sin cuestionarse aquello que se le dice. Por ello mismo, razón y fe deben ser inseparables.

El teólogo Paul Tilich, consciente de esta problemática, señala que Dios no es un “objeto” más de la realidad. No es una parte de ésta. Dios es esa realidad que existe más allá de toda realidad fragmentada, y por tanto, la determina y fundamenta. El hombre, como parte de ella, también es determinado por Dios, de ahí que pueda conocer las verdades reveladas.

Dios, estando más allá de toda la realidad, fundamenta y da sentido a toda la realidad. No se puede confundir, ni con una parte, ni con el conjunto total de la realidad. Por eso es necesaria la conjunción entre razón y fe, y por eso mismo, podemos admitir que la fe, lejos de mancillar a la razón, la eleva para que pueda poseer un conocimiento total. La razón, por si misma, tan sólo podría conocer las distintas parcelas de la realidad, pero se vería incapaz de comprender qué sustenta a todas ellas, cuál es la verdadera realidad que engloba las distintas realidades.

El hombre puede conocer objetivamente la realidad, conocer una parcela del jardín de Dios, pero nunca conocer objetivamente a Dios (es decir, mediante la razón). Dios está más allá de cualquier realidad empírica que puedo manipular y experimentar directamente.

Dios no es un objeto por el hecho de no formar parte de esta realidad como un ente más. Y si nuestra pretensión como seres humanos es poseer un conocimiento del Todo, es necesario tomar en consideración aquello que nos hace comprender tanto el mundo físico (razón) como el metafísico (fe). De lo contrario, nuestro conocimiento será pobre, limitado y demasiado falible.

La filosofía conoce las verdades naturales y la teología las verdades sobrenaturales, reveladas. Por todo ello, podemos decir que la fe sana y eleva a la razónporque sin ella, la razón se queda corta, no conoce la totalidad de las cosas y, por ende, se vuelve tiránica y absoluta intentando hablar de aquello que no le compete.

Conclusión

Vayamos terminando. Con lo dicho anteriormente, hemos concluido que la fe perfecciona a la razón porque hace que ésta pueda complementarse con el saber de lo superior y más perfecto. Es decir: Dios. Un ejemplo de ello es Santo Tomás, que habla de dos tipos de verdades que proporcionan al hombre un conocimiento completo de todo: de creatura y creador. Sin la fe la razón queda desnuda, y no puede comprender muchas cosas, eso ya lo hemos visto. Y además, nuestro conocimiento de Dios queda como una proyección del hombre (tal y como ya apuntábamos en la referencia de Buber). Pero, ¿cómo ayuda la razón a la fe? Porque desde luego, si se trata de una reciprocidad, ambas deberán aportarse mutuamente.

La razón permite que la fe, que la teología, no sea irracional. La fe no es algo que se nos escape a la razón. Más bien al contrario, puede ser comprendida, razonada y explicada en el perfecto juego de desarrollo del logos humano.

Hablamos de fe cristiana y hablamos de razón. La Palabra de Dios es una palabra que se entiende. El cristianismo concibe la Revelación como una intervención de Dios en donde Él se dirige en último término a su pueblo. En la Revelación cristiana hay una Palabra que demanda de ser expuesta y transmitida a todos los fieles para que así obren siempre a través de la voluntad de Dios. Por ello, no es posible hablar de una irracionalidad de la fe.

Dios concede al hombre la razón para que pueda comprender los presupuestos naturales de la fe. A su vez, la fe presupone el conocimiento natural, así como la gracia de la naturaleza. Dios llena de gracia al hombre para que pueda conocer toda su creación: mediante la razón comprende los entes del mundo y mediante la fe comprende al creador de tales entes, a Dios.

El Dios de la filosofía es y debe ser el mismo Dios que el de la fe. Y es que la fe perfecciona a la razón, pero la razón hace que la fe no sea un absurdo, sino que tenga toda la magnanimidad que le corresponde. Es decir, que la teología sea la más elevada de todas las ciencias (en el sentido más arcaico de la palabra). Si no pudiéramos comprender esto mismo que acabamos de decir, no podríamos ni si quiere empezar a “teologizar”. Por todo ello, la Palabra de Dios se dirige tanto a la razón como a la fe.

Vemos que la razón y la fe residen en el sujeto y ambas deben ser desplegadas en esta búsqueda y afán de la verdad. Pero sin la fe no hay ese impulso de conocimiento, de búsqueda de la verdad divina. De ahí que la filosofía sea el puente entre ambas, porque en su sentido más estricto, es amor al saber (φιλíα, Σoφíα). Aquí encontramos la perfecta conjunción de lo que hemos ido comentando: amamos aquello que creemos que podemos alcanzar, amamos el saber. Tenemos, pues, fe en que éste se dará.

En conclusión, la teología, en su afán de conocer la realidad última del mundo, Dios, debe poseer un amor por los primeros principios, un amor que es a su vez misericordioso (el amor de Jesús, el amor de la fe) y es amor por deseo de conocimiento (φιλία, Σoφíα, filosofía). Es decir, un amor que aúna la fe y la razón, un amor católico (universal) que quiera comprender el mundo y a su creador. De ahí que Ratzinger señale que el cristianismo debe fundamentarse tanto en la palabra hebrea «amen» como en la palabra griega «logos». Todo esto será revelado en la Cruz donde el Verbo hecho carne muere, pero su resurrección lo eleva a los cielos, al lado del Padre; cielos que no podríamos comprender sin la filosofía ,y carne del Verbo que se nos haría indecible sin una fe razonada.

Citas

(1) Ratzinger, Joseph, Introducción al cristianismo. trad. José L. Domínguez Villar, Ediciones Sígueme, España, 2000, pp. 65

(2) Carta semanal, Auméntanos la fe, Mons. Demetrio Fernández https://www.diocesisdecordoba.com/carta-semanal-obispo/aumentanos-la-fe [Fecha de consulta: 06/02/2021]

(3) Melloni, Javier, Cobo, Josep, Dios sin Dios. Una confrontación, Barcelona, Fragmenta Editorial, 2015, pp. 11

(4) Buber, Martin. Begegnung. Autobiographische Fragmente,Stuttgart, 1961

Bibliografía

Fideis et ratio. Juan Pablo II.  http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html [Fecha de consulta: 08/02/2021]

Gilson, Étienne, El espíritu de la filosofía medieval. Rialp, Madrid, 2004

Melloni, Javier, Cobo, Josep, Dios sin Dios. Una confrontación, Barcelona, Fragmenta Editorial, 2015

Ocáriz, Fernando, Blanco, Arturo, Teología fundamental, Ediciones Palabra, Madrid, 1998

Pontón, Rogelio Tomás. ¿Tiene el universo un Diseñador? Un debate para recordar, Invenio: Revista de investigación académica, 2002, no 9, p. 11-22

Ratzinger, Joseph, Introducción al cristianismo, trad. José L. Domínguez Villar, Ediciones Sígueme, España, 2000

Tomás de Aquino, Suma contra los gentiles, libro I. Trad. Laureano Robles Carcedo, o.p., Adolfo Robles Sierra, o.p., Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2007

Tomás de Aquino, Suma de teología (tomo I). Trad. José Martorell Capó, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2001

Copyright del artículo © Paula Sánchez. Publicado previamente en Filosofía en la red y editado en Cualia con permiso de la autora. Reservados todos los derechos.

Paula Sánchez

Paula Sánchez

Estudiante de Filosofía en la Universidad de Barcelona y de Ciencias Religiosas en el Institut Superior de Ciències Religioses de Barcelona (ISCREB). Combina sus estudios con distintos seminarios (sobre todo de teología, en el Centre d'Estudis Cristianisme i Justícia) y forma parte del Seminario de Teología y Ciencias de Barcelona (STICB).