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Antonia Domínguez y Borrell

Nació nuestra protagonista en La Habana en 1831, hija del marbellí Miguel Domínguez y Guevara-Vasconcelos y de la cubana Isabel Borrell Lemus, ambos progenitores poseedores de títulos, honores y una envidiable posición económica.

La criatura no era muy inteligente, todo hay que decirlo, pero era muy guapa, elegante y atractiva, y a su primo Francisco Serrano y Domínguez (para nosotros, el general Serrano, para Isabel II, que se lo beneficiaba, el general bonito) le parecía la Charlize Theron de la época, colmándose de dicha cuando se casó con ella en 1850 en la madrileña parroquia de San Sebastián.

Serrano, a quien Cánovas del Castillo se refería como un “ambicioso incorregible”, acumuló toda clase de cargos y honores a lo largo de su vida y Antonia Micaela Domínguez, estaba encantada con el prestigio de su marido.

En 1856 Serrano fue nombrado embajador extraordinario y plenipotenciario de España en Francia, por lo que los tortolitos se trasladaron a París, donde fueron agasajados continuamente por Napoleón III y Eugenia de Montijo. Nuestra Antonia no cabía en si de gozo asistiendo a los saraos y las cuchipandas organizadas por la emperatriz de Francia, pero en 1859 su marido fue nombrado capitán general gobernador de la isla de Cuba, y la parejita tuvo que marcharse a La Habana, la ciudad natal de Antonia.

Isabel II, encantada con la gestión de su general bonito en Cuba, le concedió el ducado de la Torre, título que Antonia sumó al de condesa de San Antonio, al haber fallecido su padre.

En 1868 tiene lugar la Revolución Gloriosa, que pone a Isabel II en el exilio, y las Cortes Constituyentes eligen al general Serrano regente, con tratamiento de alteza en el verano de 1869. La ambiciosa Antonia estaba henchida de gozo recibiendo alabanzas, deferencias, cumplidos y lisonjas, todo ello rematado con una reverencia y un “alteza”. Pero llega Amadeo de Saboya y tras él su mujer María Victoria del Pozzo y de la Cisterna, y tanto Serrano como su mujer se unen al boicot declarado por la mayor parte de la nobleza contra los intrusos, no por patriotismo, defensa de los Borbones o repulsa por la actitud de Amadeo, más preocupado por perseguir a señoritas que de aprender español y ocuparse de los asuntos de reino, sino porque por su culpa, habían descendido varios escaños en su posición social. Por ello, Antonia se negó a ser camarera mayor de la reina María Victoria, así como Serrano y ella declinaron la petición de apadrinar al tercer hijo que tuvieron los de Saboya.

El caso es que Amadeo abdica y se proclama la desastrosa I República. ¿A qué se dedica nuestra Antonia por aquellos días? Pues a hacer una campaña brutal contra Alfonso, el heredero de Isabel II, creyendo la limitada criatura que si Alfonso no reinaba, Serrano y ella se convertirían el regentes (o incluso finalmente reyes) para los restos. Pero Alfonso XII es proclamado rey y Serrano, que había sido nombrado presidente del Poder Ejecutivo en 1874, se marcha con su Antonia a Biarritz a ver si con un poco de suerte, se olvida cómo la cubana ha estado poniendo de vuelta y media al Borbón, y la nobleza deja de referirse a Antonia, a quien desprecian profundamente, como “La Regenta”, “La Mariscala” o “La Gran Señora del Gobierno Provisional”. Efectivamente, los duques de la Torre regresan a España al año siguiente y Serrano es nombrado de nuevo embajador de España en Francia. Sin embargo, el ambiente parisino distaba mucho de aquel otro del que los Serrano disfrutaron años atrás con los Montijo. La Guerra Franco-Prusiana y la excelente política exterior de Bismarck habían supuesto cambios drásticos para Francia, donde en 1870 es proclamada la III República.

Manuela, que pretendía que la trataran como a la ex regente del trono español, se encontró un recibimiento frío y parco en loas, habiendo desaparecido los bailes, cenas, francachelas y fiestorros que otrora habían protagonizado con los entonces emperadores de Francia. Lo que viene siendo una profunda decepción.

Ya de vuelta en Madrid, los Serrano se instalan en su palacete (entonces en el bulevar Narváez, hoy calle Serrano número 14, esquina con calle Villanueva). El 26 de noviembre de 1885 fallece el general Serrano. Alfonso XII morirá horas después.

Manuela, que no es precisamente muy querida en Madrid, decide marcharse a su piso parisino en los Campos Elíseos y sobre todo, a su Villa Eugenia en Biarritz, ciudad donde murió el 5 de enero de 1917 y en cuyo cementerio reposan sus restos.

El matrimonio Serrano tuvo cinco hijos para los cuales Manuela preparó enlaces matrimoniales muy ventajosos. Sin embargo, sus hijos padecieron graves problemas de salud y su hijo Francisco (1862-1942), casado con Mercedes Martínez de Campos Martín de Molina, protagonizó un escándalo muy sonado en la época al declarar los tribunales su matrimonio nulo debido a la impotencia del muchacho (al menos ese fue el argumento de la demanda). La Generala influyó notablemente en las decisiones de su marido, además de inmiscuirse en asuntos políticos, que ni entendía ni cuyas consecuencias podía prever.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.