Cualia.es

Citius, altius, fortius (con ayuda de una pastillita)

Desde que en 1805  Friedrich Wilhelm Adam Sertürner consiguiera aislar la morfina, el principal alcaloide del opio, la industria farmacológica alemana había experimentado un crecimiento imparable. Se trataba de una actividad industrial limpia, que no requería de grandes cantidades de materias primas ni de costosísimas importaciones; tampoco de grandes instalaciones con enormes maquinarias. Afortunadamente, Alemania contaba con excelentes químicos.

La Merck obtuvo pingües beneficios con los opiáceos, que se utilizaron ampliamente, por ejemplo en la Guerra de Crimea, en la Franco-Prusiana y en la de Secesión de Estados Unidos (menos en la iglesia-hospital de Atlanta donde el doctor Mead amputaba piernas a la bilbaína, para espanto de Escarlata O’Hara).

También la Bayer, que en otros tiempos se había dedicado a la industria tintórea, se subió al carro de la analgesia y ordenó a uno de sus químicos, Felix Hoffmann, que erradicara los efectos secundarios de la salicina, logrando este sintetizar el ácido acetilsalicílico el 10 de agosto de 1897, a partir de un principio activo de la corteza del sauce blanco.

Pero ahí no queda la cosa porque exactamente veintiún días después, el muchacho descubrió la diacetilmorfina, que la Bayer lanzó rápidamente al mercado con el nombre comercial de “Heroína”, que junto a la recién creada “Aspirina” hicieron ganar mucho parné a los señores de la Bayer.

Por cierto, todo el ácido acetilsalicílico que emplea la Bayer para fabricar sus aspirinas en la actualidad, sale de La Felguera (Asturias).

En 1925 las empresas químicas alemanas más importantes se fusionaron en la IG Farben, con sede en Frankfurt, y a pesar de que Alemania tuvo que firmar un tratado internacional sobre el comercio de drogas, nuestros socios comunitarios se pasaron dicho acuerdo por la Puerta de Brandenburgo y siguieron vendiendo cocaína y heroína con alegría, a diestro y siniestro.

Por si fuera poca estimulación, la Temmler, que había reparado en los excelentes resultados de británicos y estadounidenses en los Juegos Olímpicos de Berlín (1936) gracias en parte a que le daban a la bencedrina cosa fina (una anfetamina entonces legal), pusieron a su jefe de farmacología, el doctor Fritz Hauschild, a buscar un superestimulante, un potenciador del esfuerzo.

El amigo Hauschild fue el médico deportivo que consiguió los mejores resultados de la RDA en los Juegos Olímpicos durante la Guerra Fría, gracias a los chutes de vitaminas que les metía a las criaturas que competían. Erich Honecker y sus mariachis de la RDA utilizaron el deporte como un arma en la guerra política que se libró durante la Guerra Fría. Honecker quería demostrar al mundo como de fuertes, rápidos y sanos eran los muchachos amamantados con la leche del socialismo. Por ello se ordenó finalmente a la farmacéutica Jenapharm, especializada en esteroides anabólicos, que fabricara una sustancia capaz de lograr los mejores resultados en las competiciones internacionales. Ese fue el caso del Oral Turinabol, una bomba química que, efectivamente, incrementaba el rendimiento de los deportistas, si bien su uso presentaba también algunos efectos secundarios como trastornos alimentarios, esterilidad, cáncer, artralgia, depresión…más de quince mil deportistas tomaron esta sustancia entre 1968, coincidiendo con los Juegos Olímpicos de México, y 1989. Desde Múnich 1972 a Seúl 1988, los deportistas de la  RDA lograron un total de cuatrocientas tres medallas olímpicas, ciento cincuenta y una de ellas, de oro.

Imagen superior: Margitta Gummel, lanzadora de peso, a quien Werner Franke, profesor de biología celular y molecular en Heidelberg, citó entre los muchos deportistas de la RDA que usaron preparados químicos para aumentar su rendimiento.

Volviendo a los años finales de la década de 1930, Hauschild perfeccionó un medicamento que los japoneses usaban como broncodilatador, la efedrina, comercializado como Hiropon, descubriendo a finales de 1937 un método novedoso para sintetizar la metanfetamina. El hallazgo se comercializó con el nombre de Pervitin, y la Temmler realizó una campaña publicitaria nunca vista anteriormente para que cada estudiante o trabajador flojo y cada ama de casa frígida, ociosa o inapetente, tuvieran su dosis de pervitina a mano, bien en prácticas grageas, bien en deliciosos bombones de chocolate.

Administrada a los muchachotes de la Wehrmacht, la pervitina fue la responsable del éxito arrollador de la “Blitzkrieg”, la “Guerra Relámpago” diseñada por el general Guderian.

No obstante, mientras los alemanes (y posteriormente los habitantes de los territorios ocupados) se ponían hasta las trancas de toda clase de estimulantes, en 1933 los de la cruz gamada promulgaron una serie de leyes (Ley de Salud Matrimonial; Ley de Prevención de Descendencia con Enfermedades Hereditarias) que permitía internar por la fuerza hasta dos años a personas adictas.

Ni que decir tiene que la obligación del secreto profesional de los galenos fue revocada y se pidió a la población civil que se comunicara a las autoridades cualquier comportamiento relacionado con el consumo de drogas. Miles de consumidores de drogas murieron en campos de concentración y bajo el programa de eugenesia Aktion T4. Muchos simplemente tomaban antidepresivos con prescripción médica. Obviamente, la culpa de todo la tenían los judíos, comme d’habitude.

Imagen superior: de izquierda a derecha, Ines Gaipel, Bärbel Wöckel, Ingrid Auerswald y Marlies Göhr, integrantes del equipo ganador del Campeonato Nacional de Atletismo de la RDA, el 9 de agosto de 1981. En 2011 Gaipel recibió la Orden del Mérito de la República Federal de Alemania por su relato de la opresión durante el régimen comunista, y en particular, por su denuncia del dopaje deportivo a lo largo de ese periodo.

Copyright del artículo © María Ortigosa. Reservados todos los derechos.

María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.