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20 de abril: el día de la bestia

Ese día, durante el período 1933-1945, se celebraba con gran alborozo en Alemania y los territorios del III Reich el nacimiento de Hitler.

En 1939 –y coincidiendo con su quincuagésimo cumpleaños–  la fecha fue consagrada como fiesta nacional. Los fastos que este ególatra criminal organizó fueron propios de épocas pasadas, en donde el culto al Divino Emperador estaba prescrito. El culto al Führer era exactamente eso. Un caricaturesco acto de soberbia ridiculez: Hitler desfilando por Berlín, flanqueado por 50 limusinas blancas y recibiendo en la Cancillería miles de regalos, algunos espléndidos, otros ridículos.

Desde entonces, cada 20 de abril llegaban a esa Cancillería del Reich todo tipo de lisonjeras y solícitas cartas y obsequios asombrosos (¡incluido un pañuelo con el rostro bordado de Hitler!) destinados a quien durante 12 años fue la pesadilla de millones de personas.

Se conservan millones de esas cartas a Hitler (hace unos años, se editó una curiosa antología, donde era muy fácil ver el grado de fanatismo y solícita servidumbre de los alemanes). Detrás de cada una de ellas, hay o bien una petición velada o descarada de favores, o bien un babosa retahíla de parabienes para el tirano.

Aquellas cartas lo que demuestran es el grado de alienación colectiva al que puede descender un continente entero. Recordemos que los territorios del Reich llegaron a abarcar desde los Pirineos hasta el Cáucaso, y en todos ellos, la colaboración voluntaria y hasta entusiasta con los verdugos fue la regla general y no la excepción. Que después de la derrota Francia o Italia quisieran alimentar el mito de la Resistencia no cambia el hecho de que el brebaje ponzoñoso del nazismo fuese ingerido con gusto por muchos de los vencidos.

Y cuando hablo de un continente entero, no me olvido de Rusia y de su totalitarismo comunista, que en esos mismos años infames subyugaba y asesinaba a tantos otros millones de seres humanos en su inmenso coto de caza. También Stalin empleaba las mismas técnicas que Hitler –en realidad, fue al revés, pues la propaganda moderna es un invento del bolchevismo– para consolidar el culto a la personalidad que es consustancial a todos los asesinos de masas.

En el caso alemán, desde el 3 de diciembre de 1936, la educación intelectual, física y moral de la juventud pasó a estar férreamente controlada por la hedionda ideología nacionalsocialista, bajo el liderazgo de Baldur von Schirach, jefe de las Juventudes Hitlerianas.

Desde ese día y hasta mayo de 1945, el alma de la juventud germana fue oficial y sistemáticamente pervertida por el credo resentido y enfermizo de Hitler y sus sumisos y diligentes secuaces. Toda la maquinaria educativa y propagandística durante el III Reich estuvo orientada a fabricar monstruos acríticos. Las cartillas infantiles (recordemos La seta venenosa, el infame libro de texto antisemita publicado en 1938), las oraciones «religiosas» (con Hitler desplazando a los cuatro angelitos que protegían a los niños), el aleccionamiento constante en el odio racial, la forja de guerreros inhumanos a través del deporte, las granjas para la crianza de bebes «arios» (las surrealistas y sin embargo reales Lebensborn), las canciones para héroes pendencieros como «Die Fahne Hoch!» (escrita en 1929 por el Sturmführer Horst Wessel, convertido en un «mártir» nacionalsocialista por Goebbels), las escuelas para la formación de elites nazis (las Napola o Nationalpolitische Erziehungsanstalt) y tantísimos otros casos de ingeniería social que a punto estuvo de cambiar el rumbo de la historia. Hoy parece muy lejano todo aquél horror, pero casi nos vencieron.

El nazismo no solo fue responsable de millones de muertes físicas, sino –y esto es también espeluznante– de otros tantos millones de muertes espirituales, pues aquella infancia moldeada por el nacionalsocialismo fue forjada en el odio, y esa huella moral es prácticamente indeleble (No lo olvidemos. Los tiranos de mañana no ondean hoy necesariamente una esvástica).

Pero no me quiero desviar, ya que hoy escribía sobre el cumpleaños del gran criminal y de las celebraciones que en su día suscitaba. Yo lo que celebro cada año es su suicidio (también en abril, a escasos días de su cumpleaños). Así se pudran en el infierno, él y todos los que aplauden, impulsan, justifican y blanquean las tiranías.

Copyright del artículo © Fernando Navarro. Reservados todos los derechos.

Fernando Navarro García

Fernando Navarro García

Director general de HAC Business School and University, vicepresidente Ética y Responsabilidad Social de Inspiring Committed Leaders Foundation, secretario general de Innovaética y vicepresidente del Instituto de Estudios Panibéricos. Fernando Navarro es licenciado en Derecho y coordinó un proyecto humanitario en Angola. Como profesor, ha desarrollado su trayectoria docente en varias universidades y escuelas de negocios (UNED, Universidad Rey Juan Carlos, Carlos III, ESIC, Instituto Universitario Ortega y Gasset y la Escuela de Profesionales de Inmigración y Cooperación de la Comunidad de Madrid). Asimismo, es coautor de "El fenómeno socialista" (ed. crítica y anotada de la obra de Igor Shararevich, Última Línea, 2015), "El delirio nihilista: Un ensayo sobre los totalitarismos, populismos y nacionalismos" (Última Línea, 2018), "Nueve necesarios debates sobre la responsabilidad social" (Comares, 2019), "Inspirando líderes comprometidos: La innovación en valores, una visión para cambiar el mundo" (Última Línea, 2019) y "¡Eureka! Valores. Principios básicos de ética para las organizaciones" (Última Línea, 2020). Entre sus restantes libros, destacan "Estratégicas de marketing ferial" (ESIC, 2001), "Diccionario biográfico de nazismo y III Reich" (Sepha, 2010), "Hitler: Los años desconocidos" (ed. crítica de las memorias de Ernst Hanfstaengl, Última Línea, 2012) y "Responsabilidad social corporativa: Teoría y práctica" (ESIC, 2012).