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1830: Fernando VII el Felón (y además, un sátiro) promulga la Pragmática Sanción

Fernando VII (1784-1833) necesitaba desesperadamente un heredero. Sus dos primeras esposas (María Antonia de Borbón y Lorena e Isabel María de Braganza) habían fallecido, por lo que el monarca decidió contraer nuevas nupcias, esta vez con la desdichada María Josefa Amalia de Sajonia, que tenía en el momento del enlace quince años. Fernando tenía treinta y cinco.

Los problemas, como era de esperar, se presentaron en la noche de bodas. La pobre María Josefa se había criado en un convento tras la muerte de su madre y consideraba pecado… todo.

El sátiro de Fernando era bastante bruto, por lo que se armó la de San Quintín. Fernando empeñado en consumar, la reina gritando como una posesa en actitud “defensa numantina”. Total, que la pobre María Josefa, del susto, se hizo pipí y popó encima, y Fernando salió de la habitación jurando en arameo. Se mascaba la tragedia.

Efectivamente: no hubo un cura, noble, dama, consejero u obispo que consiguiera convencer a la reina de que aquello no era pecado. Tal es así que tuvo que intervenir el Papa. María Josefa accedió, pero con una condición: cada vez que el rey quisiera mantener relaciones sexuales con ella, ambos rezarían un rosario antes de meterse en la cama.

Pero los años se sucedían y la reina no se quedaba embarazada. Se consultó a los médicos de cámara y todos llegaron a la misma conclusión: el fracaso genésico se debía al descomunal tamaño del pene del rey, lo que se conoce como “macrosomía genital”, por lo que aconsejaron a Fernando que se colocara una almohadilla con un agujero en el centro para que hiciera de “tope”. Tras diez años de tortuoso matrimonio y sin haber dado un heredero a la corona, María Josefa falleció de una neumonía.
Fernando, viudo de nuevo, tenía que volver a casarse. La elegida esta vez fue la bella e inteligente María Cristina de Borbón, su sobrina carnal. La joven estaba de untar pan pero Fernando, a sus cuarenta y cinco años, estaba hecho unos zorros: problemas digestivos, circulatorios, gota… El caso es que el rey abandonó su vida de crápula y se entregó a la dulce María Cristina, que consiguió influir notablemente en su marido de tal manera que este amnistió e indultó a numerosos liberales.

La reina se queda embarazada. El hermano del rey, Francisco de Paula y la mujer de este, Luisa Carlota (hermana de María Cristina, por cierto) aconsejan al monarca que solucione el tema de la cuestión sucesoria ya que otro hermano del rey, Carlos, aspira a suceder a Fernando VII.

El problema era el siguiente: cuando Felipe V inaugura la dinastía borbónica tras la Guerra de Sucesión, promulga el Acta Real. Esta ley sálica, contraria a la tradición española (recogida en las Partidas de Alfonso X) impedía que si María Cristina daba a luz una niña, esta pudiera reinar. Durante su reinado, Carlos IV, padre de Fernando, abolió el Acta Real por una Pragmática Sanción que fue presentada al Consejo pero que nunca fue publicada, requisito imprescindible para que entrara en vigor. Así que Fernando decidió promulgar la Pragmática Sanción de Carlos IV, esta vez cumpliendo el debido requisito de publicidad.

En octubre de 1830 la reina da a luz a una niña. El intrigante infante Carlos y sus partidarios (los apostólicos) deciden hacer caso omiso de la Pragmática Sanción y esperan a que les llegue la oportunidad de hacerse con el poder. En enero de 1832 nace la segunda hija de los reyes, Luisa Fernanda. En otoño el rey está gravemente enfermo. Carlos se ofrece entonces como regente y como nadie responde a su demanda, amenaza con levantarse en armas. María Cristina, aterrada ante la idea de una guerra civil, suplica a su marido que revoque la Pragmática Sanción y este redacta un codicilo para tal fin, pero pone como condición que el documento permanezca oculto hasta su fallecimiento.

El rey empeora hasta tal punto que pierde la consciencia. Los partidarios de Carlos llevan inmediatamente el codicilo al Consejo, pero el marqués de Zambrano, secretario de la guerra, se niega a iniciar los trámites de la derogación mientras el rey siga vivo.

Contra todos los pronósticos, Fernando se recupera. Francisco de Paula y su resolutiva mujer, Luisa Carlota, llegan a La Granja para armar la marimorena. Luisa Carlota manda llamar al ministro Calomarde (partidario de Carlos y metido en el ajo). Le pide el codicilo y cuando este se lo entrega, la buena señora lo rompe en varios pedazos y los arroja a la chimenea.

Cuando Calomarde intenta rescatarlos del fuego, Luisa Carlota le da una bofetada estilo pelotari. El sorprendido ministro, se inclina y le responde con una de las más célebres frases de la Historia de España (aunque no haya certeza de que fuera pronunciada): “Señora, manos blancas no ofenden”.

Pero la maltrecha salud del rey continúa empeorando y en el otoño de 1833, fallece, probablemente de una parada cardiorrespiratoria. María Cristina asume entonces la regencia (dado que la princesa de Asturias tenía solo tres años) y los carlistas se levantan en armas. Su deslegitimación no se basa solo en el proceso que tuvo lugar por el que se anuló el Acta Real. La prueba más evidente de que los apostólicos, con el infante Carlos María a la cabeza, ya habían decidido mucho antes intentar usurpar el poder la encontramos en el hecho de que el partido apostólico (o carlista) se gestó hacia 1825 (cuando tras la batalla de Ayacucho se consumó el proceso independentista de la América continental) y en esa década, se sucedieron varios conatos de sublevación carlistas como el que llevó a Fernando VII a Cataluña para sofocarlo. Y entonces, nadie sabía si el rey iba a engendrar un heredero o no.

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María Ortigosa

María Ortigosa

Historiadora y profesora de español como lengua extranjera.